Nacionalismo y frivolidad

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Hay mucha gente que cree que el nacionalismo es la voluntad de apuntalar una nación, voluntad acompañada de una inflamación de admiración y orgullo ante la nación que el nacionalista considera propia. Nacionalistas españoles serían aquellos que están orgullosos de que su lengua la hablen 400 millones de personas, o nacionalistas italianos los que piensan que en Italia se hacen los mejores macarrones del mundo. Está bien. Lo que ocurre es que el nacionalismo llega un poco más lejos, y para exaltarse con la idea de su nación, tiene (previamente) que acabar con la que existe. Más propiamente nacionalistas que los anteriores eran los alemanes que buscaban en el Pueblo (el «Volk») el auténtico espíritu alemán, o lo son aquellos catalanes convencidos de que el castellano no es una de las lenguas de su patria.

Además, en su fervor inflamatorio, el nacionalista sospecha siempre que a su nación no se le hace la justicia que se le debe, porque hay elementos ajenos, foráneos, que obstaculizan o ensombrecen el prestigio debido. El titular de portada de «La Vanguardia» del pasado domingo anunciaba a cuatro columnas que «La ruta francesa al Estado Islámico pasa por El Prat». Debajo, se informaba que «Barcelona se ha convertido en objetivo terrorista al nivel de Londres y París». Y después, por si acaso no había quedado claro: «Como París o Londres. Daesh considera que un ataque a Barcelona causaría un impacto de dimensión mundial». Barcelona, por su empaque y categoría, se merece un atentado como los de París y Londres y, lo que será aún mejor, los españoles no parecen ya capaces de impedir que los terroristas pongan a Barcelona en el nivel que le corresponde. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? En dos palabras: imperdonable.