Nacionalismos periféricos

La Razón
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Cataluña vuelve a ser noticia en los medios de comunicación por sus constantes movilizaciones. En esta ocasión no tienen por objeto reivindicar el independentismo frente al Estado español, sino que se dirigen contra el Govern secesionista, al que le exigen soluciones a los problemas sociales.

Profesores, estudiantes, funcionarios y médicos han tomado las calles en protesta por los recortes que inició Artur Mas en el año 2011 y que han sido consolidados por los gobiernos de Carles Puigdemont y Quim Torra.

El Sr. Mas encontró en el independentismo una salida frente al desgaste que produjo la crisis económica en todos los gobiernos e instituciones democráticas europeas.

Mientras, en todos los puntos de la geografía española se apuntaba a los respectivos gobiernos como responsables de la caída de la actividad económica y de los recortes que impuso la política de austeridad. En Cataluña, el gobierno nacionalista cargó toda la responsabilidad no al gobierno central, sino a España como conjunto, como país.

En el relato independentista el Estado era un lastre para el desarrollo de la sociedad catalana y solo deshaciéndose de él las cosas volverían a la normalidad. La demagogia se dio una ducha de balanzas fiscales y comparaciones de indicadores económicos para concluir que el bienestar de los catalanes se iba por el desagüe de las regiones más empobrecidas de España.

Todo ello iba aderezado de una fuerte carga emocional que se nutre de la mundialización. En efecto, en un mundo global, los Estados se están debilitando pero, como contrapartida, resurgen sentimientos grupales más locales como respuesta a lo desconocido: se hacen llamar nacionalismos periféricos.

La huida hacia delante de los líderes separatistas catalanes ha sido enloquecida y alocada y tan intensa que no permitía a nadie fijarse en otra cosa, pero ahora empiezan a brotar descontentos porque los problemas de cada día siguen ahí, sin cambiar, sin moverse.

La huelga de los médicos la ha secundado el 74% de los clínicos y los estudiantes y profesores han dormido en la Facultad de Letras. Ahora, sin embargo, no reivindican una Cataluña independiente, sino más dinero para educación.

El Sr. Torra, al igual que Artur Mas, busca un culpable cuando se ve sobrepasado por causas y problemas sociales. En este caso, le ha tocado a su vicepresidente, Pere Aragonés, a quien ha llamado a batallar frente a los negociadores.

En realidad, está ocurriendo lo que dirimió académicamente el intelectual francés Pierre Rosanvallon, cuando defendió que, en la Historia, nunca se ha resuelto con una revolución política un problema social, es decir, que el paro y la crisis económica no lo resuelve la separación de España, sino medidas económicas u otro modelo económico solvente.

El PDeCAT perdió el norte hace mucho: un día tuvieron un modelo de gestión de los problemas y de los intereses catalanes, pero lo perdieron cuando, en lugar de afrontarlos, buscaron la salida fácil por la puerta de atrás. Por su parte, los de ERC han demostrado que es incompatible ser nacionalista y ser de izquierdas, pues ambas concepciones ideológicas son como el aceite y el agua. Esquerra es una contradicción en sí misma, en la que el independentismo ha vencido a las posiciones de redistribución social de progreso.

Se celebran estos días los 40 años de Constitución, un pacto que venció a la intransigencia y que nació con vocación de defender a los ciudadanos, dotándoles de derechos civiles, políticos y sociales, y no a las tierras en las que pisan, que no son otra cosa que un invento de demagogos que han aprendido a hurgar en el bajo vientre manipulando las emociones.

Quizá algunos catalanes han empezado a darse cuenta de que quieren asumir mayores responsabilidades los que no cumplen ni con las que ya tienen.