No le consta

La Razón
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En los «Ecos de Sociedad» del Diario de Ceuta, allá por el decenio de los sesenta del pasado siglo se publicó una feliz noticia. «La señora del teniente coronel de Ingenieros –me invento su identidad–, don Gabino Dorronsoro Feliú, de soltera –de nuevo acudo al disfraz–, Doña Luisa Pitiminí Corrales, ha dado a luz una preciosa niña que recibirá el nombre de África. Felicitamos desde aquí a todas las tropas de la guarnición». La noticia, que fue interpretada como una divertida errata, estaba redactada con pérfida intención, por cuanto el teniente coronel, competente al máximo en su unidad, era muy permisivo en los horarios conyugales. Su coronel, que sabía de las andanzas de doña Luisa, intentó ponerle al corriente de las circunstancias, pero el teniente coronel no se dio por aludido. «Mi coronel, no me consta que mi mujer me ponga los tarros».

Don Juan March solicitó a don Ignacio Villalonga, presidente del Banco Central, que admitiera en el Banco al hijo de un amigo mallorquín de la infancia. March era mucho March y Villalonga lo aceptó, encomendándole una subdirección. El recomendado era un berzotas, y al cabo de un tiempo prudencial, Villalonga se atrevió a llamar a March para informarle de los continuos desaguisados de su recomendado. –Don Juan, sinceramente, y aunque me duela decírselo, su recomendado no sirve–; –no se preocupe Villalonga. Lo sabía. De haber sido competente, en lugar de recomendárselo a usted lo habría contratado para la Banca March–. Fue expulsado del Banco Central dos minutos después de confesarle a un compañero de trabajo. «No me consta que en el Banco estén descontentos con mi trabajo».

El «no me consta» es oración de riesgo. Todo aquel que reconoce «que no le consta» lo que es obvio, está engañándose a uno mismo. Se trata de una última línea de autodefensa que ya ha sido descalabrada. El entorno, siempre interesado, convierte en adulación las quejas, y más aún, cuando el que se deja engañar es el que manda.

Ha manifestado recientemente el presidente del Gobierno en funciones, don Mariano Rajoy, «que no le consta que esté cuestionado en el Partido Popular». El filtro de los pelotas impide que oiga la voz del descontento. Si dedicara una mínima porción de cada día a oír a sus bases e intercambiar impresiones con las juventudes del PP, le constaría más la existencia de un amplio y profundo desconcierto. Me hallaba con el gran José Miguel Santiago Castelo comentando rumores de cambio en los pasillos de ABC, cuando apareció el que era su Director, Francisco Giménez Alemán, del que se aseguraba que iba a ser destituido de inmediato. Se detuvo para informarnos. «Son rumores. No me consta que la Junta de Fundadores vaya a relevarme». Demetrio, uno de los conserjes más queridos y tradicionales de ABC, surgió de una esquina. –Señor Director, le está esperando el presidente–. Le estaba esperando para comunicarle que la Junta de Fundadores le había destituido y nombrado nuevo Director de ABC a José Antonio Zarzalejos.

Don Mariano Rajoy es muy dueño de que la realidad le conste o no le conste. Es una cuestión de libre elección. En las alturas del PP la desilusión no se vocifera, pero se susurra. El susurro es interesado porque un cambio en el partido liberal-conservador determinaría una peligrosa adaptación de cargos y de sueldos, como sucede en todos los partidos. Pero Rajoy no debe engañarse. Otra cosa es que triunfe en su particular batalla, pero no dude de que su liderazgo en el PP está siendo discutido con disgusto y desaliento. A mí, al menos, me consta.