No se lo merecía

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A Rita Barberá la han empujado con ensañamiento hasta la muerte y ahora quieren bailar sobre su tumba. Sí, por supuesto, esta denuncia tiene nombres y apellidos: personas individuales que la insultaban por la calle, políticos de todos los colores que, por sectarismo o por cobardía, no conocen los límites. Pero en la política, como en la vida misma, siempre hay líneas éticas y morales que no deben traspasarse. No se puede, como hacen los fanáticos de cualquier pelaje, los totalitarios, deshumanizar al rival hasta el punto de convertirlo en enemigo para derribarlo de cualquier forma.

Nadie puede ser despojado de su dignidad y a Barberá, sin embargo, se le ha dado un trato tan miserable, se la ha perseguido con tanta inquina, que se la ha llevado a unos límites personalmente insoportables. No se lo merecía ni por su trayectoria ni por la cordialidad que la caracterizaba y con la que nos trató a todos, afines y menos afines. La conocía desde 1979 y estoy lleno de rabia... de mucha rabia. Sus últimos mensajes y conversaciones eran los de una persona destrozada, rota, hundida, agotada, sin aliento viendo tanta injusta descalificación, que iba mucho más allá de la lucha política o ideológica normal en un contexto democrático, en el que se movía como pez en el agua desde 1977. No creo que se haya tratado con tanta dureza ni al descuartizador de Pioz. Una vergüenza. Personas sin escrúpulos, por intereses partidistas la sentenciaron a muerte civil por el único delito de ganar elecciones. Porque, ojo, Rita Barberá no ha sido condenada por ningún tribunal. Ni tan siquiera el TS había enviado el suplicatorio al Senado, por mucho que tantos la hubiesen castigado ya cruelmente y colgado el sambenito de «apestada» que le impedía hasta salir a pasear por las calles de una Valencia a la que tanto amó y a la que tanto ofreció.

¿Cuál ha sido el delito de Rita Barberá? Ser del PP y haber triunfado. Así de triste. Porque todo ha servido para acabar con su prestigio y reputación, ganados a lo largo de 24 años al frente de la Alcaldía de Valencia apoyada por el cariño y el fervor de sus vecinos, que libremente la aupaban en las urnas. Por desgracia, para algunos desalmados, ser de centroderecha y ganar elecciones, lo que hacía Rita, era motivo suficiente para ensañarse con ella hasta romperle el corazón. Ahora, después de este drama, ¿se meditará o, como siempre, nos lamentaremos dos días y luego practicaremos eso de (por cruel que suene) «el muerto al hoyo y el vivo al bollo»?