Nubes ante Gómez

En casos definidos, los votos no concuerdan con los valores. El líder de los socialistas en la Comunidad de Madrid es el ejemplo de lo que afirmo. Todos los días pierde votos, y todos los días triunfa en grandeza política y dominio del liderazgo. Él mismo se bautizó como «Invictus», cuando en realidad no ha vencido nunca. Pero resiste. El que resiste gana, aunque empieza a sospecharse que la interesante reflexión no encaja con facilidad en la figura del eximio socialista.

Gómez no se ha dado por aludido. Después de analizar con la hondura que le caracteriza los resultados de las elecciones europeas, ha llegado a la conclusión de que su contundente fracaso nada tiene que ver con él, y ha hecho responsables del mismo a Rubalcaba y Valenciano, que también lo son, para qué nos vamos a engañar. Y me preocupa su futuro, porque Gómez tiene un grave problema. En el PSOE no terminan de valorarlo adecuadamente y como se merece, y ya han salido de los bolsillos las navajitas. No entienden los socialistas que a los grandes dirigentes hay que ofrecerles más oportunidades. Cuando Gómez se enfrentó a sus primeras elecciones, el socialismo en Madrid le respondió con un 35% de los votos. En las recientes elecciones ha rozado el 19%, y no es mal resultado. Perder en unos pocos años el 16% del capital heredado no puede considerarse un fracaso. Un pequeño traspié, quizá, un desequilibrio forzado por un adoquín saliente, un resbalón imprevisto por no advertir que en su camino se hallaba, aguardándole en el suelo, una cáscara de plátano.

Otros no resisten porque carecen de la coraza guerrera del gran «Invictus», y han preferido abrirse la puerta ellos mismos en pos del sosiego. Rubalcaba, López, es de esperar que Valenciano y otros apuntan a seguir la senda de la dimisión. Pero que nadie se atreva a vaticinar un gesto de debilidad en Gómez. Su temperamento le impide la rendición. Es más, ya pueden atarse los machos en el Partido Popular, porque Gómez es muy capaz de presentarse de nuevo a la presidencia de la Comunidad de Madrid y arañar un 12% de los votos. En el libro «Héroes de las guerras coloniales de los Ejércitos del Imperio» (Gibbons, Londres, 1907), se narra la escalofriante situación por la que tuvo que pasar el Mayor Alexander Lawson. En la falda del Kilimanjaro, su batallón fue rodeado por más de cuarenta mil guerreros Masái. Telegrafió al Alto Mando, sito en Nairobi, el siguiente texto: «Algunas probabilidades de caer derrotados. No necesitamos refuerzos. Voy a disparar el último cañón que nos queda para ver si de esta manera, los asusto. Prepárenme la condecoración». Un Gómez inglés como está mandado.

Gómez, el gran líder socialista, es hombre con empaque y tronío. Se mueve como un torero haciendo el paseíllo, y ese detalle humilla a sus adversarios. Jamás se le ha visto resignar la nuca después de una derrota electoral. Cuando le preguntan por el futuro secretario general del PSOE, no cae en abatimientos. «Eso está entre Susana y yo». Y no perdona las deslealtades. Es inmisericorde con quienes ponen en duda su liderazgo. En ese aspecto, no tiene medida, y como Napoleón, reacciona con inusitada fiereza. No se llega a la cumbre para doblegarse posteriormente.

Si yo fuera socialista madrileño, tampoco votaría a Gómez. No por dudar de su valor político, sino por respetuosa precaución. Hay que ser frío, y Gómez, con una alforja rebosada de votos en su mochila, puede ser peligroso por su condición de invicto. Hoy, que me lo figuro ágil y liviano con la mochila vacía, le deseo toda suerte en su próximo empeño. «Eso está entre Susana y yo». Por desgracia, la gente va a lo fácil, y va a ser Susana.