Otro fantasma en Europa

Europa se contempla como un enfermo crónico. A sus males no se les observa remedio: envejecimiento de la población, crisis económica, disminución de sus recursos, falta de competitividad, complejo ante los nuevos y más poderosos centros de crecimiento. Y pese a éstos y otros muchos problemas nos sentimos fatalmente europeos. Ni siquiera Grecia quiere abandonar la zona euro, porque, pese a la crisis y a algunos, sigue siendo el núcleo simbólico de la Europa de las ideas y de la cultura. Pero los europeos no hemos logrado hacernos perdonar los terribles pecados de nuestros antepasados. Colonizamos el Nuevo Mundo, aunque pagó un alto precio por ello, y África, de la que extrajimos grandes riquezas. Inglaterra campeó por Extremo Oriente desde la India a China. Hoy el país dominante en el Continente es de nuevo Alemania, que provocó en el pasado siglo dos grandes guerras y hoy representa la fortaleza, aunque por fortuna sin desplegar fuerza militar. Le sirve el control de sus grandes Bancos. El signo europeo del pasado siglo fue la sociedad del bienestar, el de una clase media que entró en crisis al tiempo que caía el muro de Berlín y la nueva Alemania se afianzaba en su nacionalismo. Desaparecía, por consiguiente, aquel viejo fantasma que había inquietado a Occidente. Las nuevas sociedades, combinadas con las nuevas tecnologías, convertían el mundo entero en un mercado asequible. Sin apenas tomar conciencia de ello penetrábamos bajo otros parámetros, en un cambio mucho más profundo, donde los miedos parecían desaparecer. La democracia y las libertades logradas a costa de grandes sacrificios tenían que convertirse en nuestra salvaguardia. El 11S nos despertó hasta cierto punto de un sueño y los atentados de al Qaeda en Madrid o en Londres supusieron cierta conmoción. Sin embargo, estábamos aún lejos de despertar. Nadie opinaba todavía que nos hallábamos ante otra clase de guerra. Tuvieron que llegar los crímenes del «Charlie Hebdo» y sus ecos para que entendiéramos que nuestra forma de vida podía resultar una provocación para otros, infectados por el fanatismo. Poco después de las cuatro de la tarde del pasado sábado se celebraba en el café y centro cultural Krudttoenden de Copenhague, más conocido por sus conciertos de jazz, un coloquio sobre la libertad de expresión. Asistieron, entre otras personas, el dibujante sueco Lars Vilks, protegido por la policía ya desde 2007 dado el revuelo que causaron sus dibujos sobre Mahoma, y el embajador de Francia en Dinamarca François Zimeray. Éstos parecen haber sido los objetivos frustrados del joven terrorista Omar El Hussein que acribilló la puerta y atravesó las paredes del local. En el atentado murió un hombre y hubo tres policías heridos. Pese a que la situación del local, próximo a un parque, que hacía difícil la huída el terrorista logró escapar y por la noche atentó de nuevo, en esta ocasión frente a una sinagoga, donde murió Dan Uzan, de 37 años, guardián de la misma. El terrorista fue definitivamente abatido ya en la madrugada y la policía detuvo a dos personas que, según parece, le habían dado albergue o facilitado las armas. No es casual que se repitiera el ya ritual ataque a un centro judío. El antisemitismo vuelve a renacer de sus cenizas (en París han vuelto a producirse profanaciones en un cementerio judío) en esta Europa un tanto desnortada. Netanyahu, en campaña electoral, aprovechó la oportunidad para declarar que los judíos europeos buscaran su auténtico refugio en Israel. Dinamarca no dejó de mostrarse sorprendida, pese a que el número de jóvenes que acuden a la zona bélica del autocalificado como Estado Islámico es relativamente alto. Pero la comunidad judía danesa declaró que no abandonaría el país. Una vez más otra nación europea, poco sospechosa de discriminación, observa cómo el atacante era un delincuente conocido y fichado por la policía, hijo de palestinos emigrados, aunque de nacionalidad danesa, que no se había integrado en la idílica sociedad europea que creíamos haber forjado. La primera ministra Helle Thorning-Schmidt calificó los actos como «cínicos» y se mostró «llena de profunda ira». Es lo que pretenden provocar estos «lobos solitarios» o no tan solitarios que albergamos sin sospecha en nuestras sociedades. El tema de la charla que se celebraba en el café Krudtoenden era precisamente : «Arte, blasfemia y libertad de expresión». Nuestras libertades chocan frontalmente con la ideología de otras religiones. No debe extrañarnos e incluso podemos reflexionar sobre el fenómeno, aunque nunca justificar la violencia y el crimen. Tampoco conviene exagerar hasta el punto de declarar que nos hallamos ante una guerra, tal vez la III. Los actos de terrorismo aislados no pueden ser considerados como tal. Pero ello no impide que las alertas de seguridad se disparen y que algunos gobiernos se crean indefensos o poco protegidos legalmente para luchar contra ellos. ¿Qué puede atraer a los jóvenes, ya europeos, a la yihad?¿Qué puede llevarlos, como en Libia, a cometer crímenes atroces como el degüello de cristianos coptos egipcios indefensos? Cabe no olvidar los nuevos medios, las webs, donde descubren una filosofía que se opone a las libertades que disfrutan. Pero la inseguridad sobrevuela Europa y ello conduce a restringir libertades a un conjunto de ciudadanos que resultan víctimas de la pretendida seguridad. Lo cierto es que al otro lado del Mediterráneo se han encendido crueles guerras que observamos sin pestañear. EE.UU. y Europa no quieren intervenir directamente en aventuras que, como en Afganistán, conducen a depresiones con altos costes de todo orden. Nunca lamentaremos bastante la guerra de Irak y sus terribles consecuencias en la zona. Pero los rastros del pasado colonial siguen presentes en el inconsciente de algunos países musulmanes, incapaces por sí solos de resolver sus tensiones internas. Sus luchas fratricidas corresponden a otros siglos que Europa ya superó. Pero el territorio europeo se observa como un campo abonado, por las libertades que disfrutamos, para locuras de todo signo. Las ideologías de la nueva Europa germanizada se hallan excesivamente dominadas por factores económicos que observan con indiferencia los nuevos fantasmas, mientras poco a poco descubrimos que el hoy es ya parte del pasado. Las fuerzas que amenazan viven instaladas en él.