Palmaditas y puñaladas

No parece que aforar a quien durante 39 años ha sido el Jefe del Estado sea como para montar un escándalo, y sin embargo hay algunos a los que les va la vida en el intento de evitar que el Rey emérito disfrute de esa condición. Es curioso que, entre los que braman en contra, están los no tienen ningún empacho en justificar la violencia del terrorismo de ETA con explicaciones políticas, aunque bien pensado, tiene su lógica: puestos a poner patas arriba todo lo que huela a sensatez, mejor darle palmaditas entre los omóplatos a un puñado de asesinos que al que allanó el terreno a la Democracia pudiendo haber optado por inmovilizarnos en el Movimiento. Hay mucho interesado en confundir a la opinión pública dejando caer, poco menos, que aforamiento es sinónimo de impunidad, y no es cierto. Su utilidad en este caso no va más allá de disuadir a algún juez con alma de vedette, que los hay como todos sabemos, de querer salir en los luminosos admitiendo a trámite cualquier dislate sin fundamento para los que más de uno se está preocupando en abonar el huerto, y en ningún caso supone una prolongación de la inviolabilidad de la que ha gozado mientras ocupó el trono; inviolabilidad, por cierto, que durante la II República, esa a la que de pronto se le ha despojado de sus sombras para convertirla en paradigma de la perfección, no se aplicaba solamente al presidente, porque era extensiva a todos los miembros del Parlamento.

Aforar a Don Juan Carlos no le exime ni mucho menos de tener que enfrentarse a la Justicia si fuera el caso; simplemente le coloca a la altura de cualquier diputado autonómico. No parece que sea un favor excesivo para alguien que facilitó el camino a quienes ahora pueden, si así lo consideran oportuno, negarle el pan y la sal.