Pan para hoy

La Razón
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El debate parlamentario sobre el techo de gasto ha pasado de ser un debate económico a convertirse en un debate de fondo político. El gobierno acude a la Cámara con el apoyo del bloque de la moción, excepto Bildu y la oposición del Partido Popular y Ciudadanos.

En unos días el Senado votará negativamente la propuesta, ejerciendo su derecho de veto, posición que será irrevocable. Por tanto, el auténtico interés no está en intentar aumentar el techo de gasto, cuestión que se da por descartada hace tiempo, sino en comprobar si Pedro Sánchez está en condiciones de consolidar el voto de los que apoyaron la moción de censura para aprobar los Presupuestos Generales para el año 2019.

El presidente ya ha anunciado hace semanas que no habrá convocatoria de elecciones anticipada, aunque tenga que llegar al final de la legislatura con las cuentas del PP, pero es cierto que aprobando un nuevo documento presupuestario se aliviaría parte de la presión.

No es la primera vez que Pedro Sánchez lo intenta, ya lo hizo a finales de julio, pero entonces, varios de sus socios en la moción de censura contra Rajoy no le respaldaron. En ese momento, fue cuando se iniciaron las especulaciones sobre el adelanto del final de la legislatura.

Por otra parte, desde las elecciones en Andalucía, la tensión con los independentistas ha subido de temperatura, por tanto, es difícil interpretar el hecho político de esta alianza.

En el lado de los soberanistas, porque dar su apoyo al gobierno equivale a mantenerlo en el poder, si la nueva propuesta de objetivo de déficit no hubiese salido votada favorablemente del Congreso, la legislatura estaría más cerca de darse por terminada. Desde la perspectiva independentista el saldo sería deficitario, a no ser que tuvieran expectativas fundadas de obtener contraprestaciones.

En lo que respecta al gobierno, porque es difícil imaginarse el apoyo sin más de los ex convergentes y del Sr. Tardá y sus acólitos, como Rufián, sin alguna cesión. El movimiento es de enorme calado, porque entonces el pacto con los independentistas deja de ser algo técnicamente necesario para desalojar al presidente Rajoy de la Moncloa, para convertirse en un acuerdo de gobernabilidad en toda regla.

Las consecuencias son múltiples y no menores. En primer lugar, la sensación que genera el gobierno es de estar aferrado al sillón, con o sin presupuestos y si es con ellos será con el apoyo de los independentistas y eso tiene un coste.

Por otra parte, en mayo hay elecciones municipales y autonómicas. En Andalucía se hizo evidente que la política de alianzas con el soberanismo catalán es penalizado en otros territorios.

Los líderes autonómicos van camino de presentarse a las elecciones con las manos atadas a la espalda. Si se enfrentan a la posición del gobierno, generan divisiones internas que son caras electoralmente, si aceptan sin rechistar, el coste vendrá por desaprobación de los ciudadanos.

Si, desgraciadamente para el PSOE, eso ocurre, no se hará esperar la reacción de la dirección federal al día siguiente, que exigirá la asunción de responsabilidades de los resultados electorales a aquellos que deban purgar algún pecado del pasado.

Claro que, tarde o temprano, habrá elecciones generales y, lógicamente, los resultados serán coherentes con lo que haya ocurrido en las elecciones municipales y autonómicas.

En definitiva, la estrategia de mantenerse en el gobierno a cualquier precio es efectiva en el corto plazo porque a día de hoy el PSOE sigue en el poder, pero, a medio y largo plazo, está por verse que sea igualmente rentable. Existe un refrán castellano que lo define bien: “Pan para hoy y hambre para mañana”.