Política de fondo sur

La Razón
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Las dotaciones de la Policía Nacional, brigada antidisturbios, de Córdoba y de la Guardia Civil de Huelva que a comienzos de semana han marchado para desplegarse en Cataluña fueron despedidas con vítores por el enfervorizado pueblo (una parte) de sus ciudades de acuartelamiento, una mutación de la ciudadanía en hinchada futbolera que no parece molestar a los espíritus más sensibles de la Nación. Al contrario, se regodean asaz irresponsablemente con el ardor guerrero de las masas. Se esgrime estos días hasta el manoseo la célebre cita de Mitterand y Kohl, agarrados de la mano en Verdun: «Le nationalisme c’est la guerre». Por supuesto que sí, es casi un pleonasmo que conviene mantener fresco en Cataluña y en la conciencia de cada cual, pero no va el lamento por ahí sino por el dolor de región propia que produce el comprobar que Andalucía, otra vez, se coloca en la vanguardia del folklorismo analfabeto. Que hay que marchar contra la base de Rota, ahí que vamos por millares; que hay que gritar Santiago y cierra España, pues ahí que vamos también; y si se trata de pasear la imagen de una Virgen, ni les cuento la muchedumbre... No perdemos una ocasión de hacer el ridículo colectivo, oye, que hasta se cantó el «a por ellos oé» como si la Patria se defendiese con una coreografía hooligan a mil kilómetros del conflicto. Se señala, con razón, la pésima idea de las transferencias educativas como causante de la deriva separatista de la sociedad catalana y uno se pregunta si no cabría achacarle también, así en general, esta decadencia acelerada del país a la que estamos asistiendo. Si al bramido independentista no se le opone más que berrido de barra brava, es que las neuronas han perdido la prevalencia. Llegó el tiempo de los cojones. Da miedito.