Por culpa del móvil

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Aumentan los atropellos a peatones, nos dicen desde Tráfico. ¿Es de extrañar? A mí lo que realmente me asombra es que sólo hayan aumentado alrededor de un veinte por ciento. Lo que me asombra es que no nos choquemos mucho más por la calle unos contra otros, que no nos asustemos con esos que van hablando con auriculares y parecen chiflados. Que seamos capaces de ir por la vida con un aparato que suena en los momentos más inapropiados y lo hayamos integrado con tanta destreza.

Me asombra que podamos vivir con esta nueva adicción sin perder la cabeza del todo. Algún día tendremos que hacérnoslo mirar. Y los expertos en psiquiatría exigirán a las autoridades sanitarias que no permitan a los ciudadanos usar el teléfono móvil en ciertos espacios. Todavía el negocio es demasiado grande como para que los galenos consigan convencernos de los efectos secundarios de las tecnologías adictivas. Yo, que soy adicta al móvil, me doy perfecta cuenta de la demencia en la que me hallo. Lo que antes eran mis paseos, ahora se han convertido en horas de oficina. Aprovecho los trayectos a pie para hacer gestiones telefónicas que no me da tiempo a hacer en casa. Y hoy mismo he visto a una niña de unos nueve años jugando a hacer equilibrios en un bordillo mientras hablaba con su smart-phone. De los adolescentes ya ni comentar. No necesitan ni verse con los amigos. Se pasan el día a base de audios de whatsapp, mientras comen, duermen, estudian o van al baño. Todo se lo narran. Voces fantasmales nos acompañan en la calle, en casa, en los transportes públicos. ¿Dónde curarnos de tanta furia y tanto ruido? Habrá que peleárselo. El silencio.