Por Valencia

La Razón
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Paseaba con Antonio Mingote por Valencia. La primera mujer de Antonio era valenciana, y por diferentes razones no guardaba el genio buenos recuerdos de la capital del Reino mediterráneo. Pero Mingote miraba asombrado de norte a sur y del este al oeste. «Esta mujer ha convertido a Valencia en una de las ciudades más importantes de Europa». Porque Rita Barberá ha sido no un lujo, sino una necesidad de justicia para Valencia. Una ciudad formidable, moderna, espectacular y de cara al mar. Cinco mayorías absolutas, su gran pecado. Una personalidad arrolladora, leal a su ciudad, a su partido, a los suyos y a los que no lo eran ni lo son. Un valenciano ilustre, el profesor Santiago Grisolía, nos ilustró: «Valencia le debe gratitud eterna a Rita Barberá». Y Luis Sánchez Polack, «Tip», le cambió la letra a la canción «Valencia» esa que principia «Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor», por «Valencia, es la tierra de las flores y de Rita Barberá». Fui amigo de Rita, y mantenedor de Lola, la Fallera Mayor más adorable del siglo XXI, y siempre que a Valencia he acudido, he hablado o visitado a Rita. Un trueno generoso y bondadoso, sin límite para el trabajo, desconocedora de la pereza, y siempre ilusionada con la transformación prodigiosa de su Valencia. Por una tontería, la dejaron tirada, la acosaron, la insultaron, la despreciaron, y algunos de su propio partido, por el que ella lo dio todo, la despacharon. Y Rita no pudo soportar la angustia permanente, la injusticia vil de unos y de otros.

Dolores de Cospedal, en 13-TV, el 11 de febrero de 2016, con nueve meses de antelación, nos anunció su muerte. «El acoso que sufre Rita es brutal, y hasta que no muera de un infarto, no van a parar». Se ha cumplido el pronóstico. La mejor alcaldesa de Valencia, con su muerte producida por el desgaste físico y anímico de la tristeza, había comparecido como si fuera una ladrona ante un magistrado del Supremo, nada más y nada menos que Conde Pumpido, el Fiscal General a las órdenes de Zapatero. Su muerte ha pulverizado a quienes la han matado, más de uno de su propio partido. Y su figura es tan grande, que hasta enconados adversarios han encontrado la elegancia para lamentar su suerte. El alcalde de Valencia, el semipodemita Baldoví, el separatista catalán Rufián, han sabido separar la animadversión ideológica de la sincera condolencia. Los diputados de Podemos y de Izquierda Unida, infumables. Gentuza. Más que bancada, manada. Ellos, que tienen entre sus más altos dirigentes a protagonistas de corrupciones demostradas, han vuelto a desvelarse como los representantes del odio. Desde Podemos de Alicante, uno de sus líderes, un tal llamado Víctor Fernández Fuentes, quizá influido por el «humor negro» –según los jueces–, de Guillermo Zapata, ha ensuciado aún más las cañerías de las cloacas sociales con el siguiente comentario: «No quiero hacer leña del árbol caído, mejor quemarla, puede arder siete días y calentar a una familia sin recursos». Incomensurable canalla, homínido del asco. Como Iglesias, su niña Irene y su criado Garzón. Poco le importa a Rita su desprecio. A los que aquí quedamos –quedamos mientras ellos no gobiernen–, sus palabras y actitudes nos han mostrado, una vez más, la ilimitada capacidad de odio y rencor que acumulan en sus páncreas.

Rita Barberá, además de una gran mujer, una gran española, una gran valenciana y una gran alcaldesa de Valencia, ha sido la gran perseguida por la infamia, la injuria, la calumnia y la envidia. Valencia, esa ciudad que le debe gratitud eterna, la ciudad abierta al mar que antaño no veía, pondrá las cosas en su sitio. Su muerte ha sido generosa. Valencia no perdonará el sufrimiento de Rita. Porque Valencia es la Valencia actual gracias a ella.

Las miserias quedan aquí, mientras ella descansa.