Profunda angustia

La Razón
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Acaban de cumplirse ochenta años desde que Pio XI publicara una encíclica que excepcionalmente estaba escrita en alemán (Mit brennen der Sorge) y no en latín como es norma de la Iglesia. Lógicamente los servicios de Historia vaticanos han querido recordar a los eu­ropeos la importancia y significado del documento: la Santa Sede, en un momento en que todos parecían buscar alguna clase de acuer­do con Hitler que había superado las heridas de la derrota y de la depresión, el primado sucesor de Pedro se atrevía a cortar las señales y denunciaba claramente al nacional-sindicalismo poniendo una especie de acento sobre las dos terribles amenazas que para la persona significan el materialismo y el nacionalismo étni­co que reducen la sociedad a mero instrumento del poder total. Una vez más me parece conveniente insistir en que el totalitarismo debe su nombre y su existencia a Lenin. En esto la Iglesia no se dejaba engañar. Cinco días después de la Mit Brenner el propio Papa publicaba otra encíclica esta vez en latín (Divini Redemptoris) que condenaba en iguales términos el materialismo soviético. No se trataba de desvelar los peligros de un país concreto, la URSS, sino de descubrir daños que por diver­sos caminos se estaba transmitiendo por el mundo entero. Los investigadores están convencidos de que en ambos documentos la participación de Eugenio Pacelli entonces Secretario de Estado y después continuador y sucesor de Pio XI cuyo nombre escogerla para sí fue tan decisiva que puede considerársele coautor de uno y otro. De este modo comprendemos también el valor decisivo que ad­quirió su Pontificado en las duras circunstancias de dos guerras caliente y fría en las que se vio involucrado. En el Vaticano llegó a temerse que se repitiera el gesto de Napoleón con Pio VII pero fue muy eficaz su sereno valor en momentos especialmente delicados. Hay tres detalles que no pueden ser olvidados cuando se hace una nueva lectura de la Mit Brennen der Sorge pues ellos nos ayudan a comprender la supervivencia de reliquias que aun muestran la hue­lla de los totalitarismos. Pacelli había vivido en Alemania como nuncio primero en Baviera residiendo en Múnich donde sufrió indi­rectamente las violencias producidas por los diversos movimientos políticos. La guerra había dejado una muy peligrosa herencia. Lue­go pasó a Berlín donde el partido del Zentrum liderado por Von Papen había decidido apoyar a Hitler pensando que de este modo se lograría del antiguo cabo de Bohemia una moderación. Aquí negoció un concordato que iba a servir especialmente para demostrar que el Führer nunca cumplía su palabra y se hallaba simplemente domi­nado por la soberbia del poder y el odio hacía quienes en 1918 lograran la victoria. Pacelli había vuelto a Roma con la amargura en sus labios cuando llegó a sus manos la carta de una monja car­melita que había tomado para sí el significativo nombre de Teresa Benedicta de la Cruz invocando la memoria de nuestra santa de Ávila. Pacelli conocía bien a la religiosa. Se trataba de Edita Stein una afamada humanista judía premiada por el gobierno del kaiser y las Universidades que había decidido convertirse al catolicismo. En su carta figuraba una revelación muy clara de los peligros que conllevaba el nazismo y como esto preludiaba la extinción del judaísmo y posteriormente también del cristianismo. Eugenio llevó la carta al Papa a quien estaba dirigida. Al leerla Pio XI no pudo contenerse y se le escaparon estas palabras: «¡Pero si todos so­mos judíos!». Un pensamiento que se haría efectivo en el Concilio Vaticano II. Pacelli asumiría desde entonces la defensa del judaísmo y conseguiría que en España el conde de Jordana garantizase la misma posición. De hecho España se libraría del tremendo dis­late que significó el holocausto. Y es muy significativo que cuando al fin de la guerra el rabino de Roma decidiera también convertirse pidiera para sí el nombre de Eugenio. Las carmelitas comprendieron que su hermana corría un grave peli­gro al difundirse la condena del nazismo y trataron de evitarlo enviándola a un convento situado en Holanda. No podían imaginar que dos años más tarde los alemanes se harían dueños de este país en menos de una semana y que las SS se apoderarían rápidamente de Edita. Santa Teresa Benedicta ha sido una muestra de hasta donde pueden llegar los totalitarismos que las encíclicas condenaran. Sería asesinada en Auschwitz siendo así la primera religiosa que moría por ser judía. En este momento, primavera de 1937 España estaba viviendo la te­rrible guerra civil. La prensa republicana no podía naturalmente publicar un texto que se hallaba en dura oposición a la persecución religiosa que practicaba el Gobierno de Valencia. Pero en el otro bando la influencia alemana a través de su Agencia oficial dominaba a la prensa. Desde la delegación de prensa del Movimiento se prohibió a los periódicos que publicasen la Brennen der Sorge. Todos obedecieron. Para los obispos encabezados por Gomá y Pla y Deniels esta actitud significaba una amenaza: como si el bando en que se hallaban fuera a entregarse al nazismo. Como no podían consentir la negativa acudieron a todas sus publicaciones y medios de comu­nicación para hacer llegar a españoles, clérigos o laicos, la traducción. Como no manejaban bien el alemán acudieron a la versión francesa que tenía defectos. Cuando los dirigentes del Movimiento intentaron protestar ante el Generalísimo éste se negó en redondo. La Iglesia tenía derecho a expresarse. Y pronto añadió a instancia del Vaticano otro gesto: romper el convenio cultural que habían negociado los dirigentes del Movimiento para impedir que se filtra­ran las doctrinas. En julio de 1937 los obispos españoles envia­rían a todos los de Europa una carta colectiva fijando con clari­dad la posición del catolicismo. Indirectamente la Mit brennen der Sorge y la Divini Redemptoris permitieron a España escapar de algunos de los peligros que los dos materialismos dialécticos significaban. Un dato importante al llegar a los ochenta años de aquella decisión