¿Quién teme a Donald Trump?

La Razón
La RazónLa Razón

Circula un rumor como una especie de antídoto que previene contra Pedro Sánchez y Miquel Iceta. Dicen que poseen la virtud vuelta maldición de echar mal de ojo a aquellos que quieren, lo que es una desgracia para los demás porque ellos sólo padecen el efecto secundario de la sorna. Lo de Hillary ha sido el último ejemplo, dicen, de esta cualidad extrasensorial a la que se denomina ser gafe. Pablo Iglesias puede ir sometiéndose a una limpieza espiritual o un rito santero. Primero para que le quiten los polvillos Harry Potter que le esparció Sánchez. Y luego para que no le confundan con Trump, aunque el español aún no se ha vuelto naranja y continúa como en aquella película de Pepe Sacristán con cara de acelga.

Vale, Trump no es lo mejor que le puede pasar al mundo, más bien es de lo peor, pero esta sobreactuación exenta de autocrítica de todos los políticos y analistas parece vomitona de botellón. Cuando Podemos, el envés acelga del azafrán Donald, entró en el Parlamento de España no pareció que cundiera el mismo pánico, ni que los mismos analistas se tocaran la ropa. Al contrario, érase un día de poetas que habían descubierto el Parnaso porque habían mandado a los señores con corbata al Infierno de Dante. El populismo es el triunfo de la mentira. En Estados Unidos han tragado que pasado mañana lloverán puestos de trabajo y los hombres blancos tendrán en su cama una modelo de catálogo. A qué viene, pues, tantos golpes de pecho, que parece que Trump nos fuera a raptar a la familia para construir el muro. La Prensa norteamericana no contraatacó como es debido a las patrañas de Trump. Como aquí a las de Iglesias, que prometía acabar con la casta y la luz gratis que para eso estaban los molinos de viento. Y si te ocurría criticarle, un batallón te llamaba fascista en las redes o te miraba de reojo por preferir que mandara un señor antipático y aburrido como Rajoy, que entonces era un pecado para el que no había castigo suficiente.

Por lo general, las elecciones no las gana un candidato sino que las pierde otro. Habría que preguntarse pues qué ha hecho mal Hillary, y, sobre todo, qué país ha dejado Obama, el narcisista de la falsa paz, del falso igualitarismo, del buen rollito y de la tontería gastronómica y el huerto urbano. Trump, al menos, tiene la poesía del desencanto clavada ya en su cara de payaso. Es yermo. Debajo de su máscara sólo encontraremos otra de peor aspecto a la que tendrán que acostumbrarse ministros, ministrillos y el embajador «dancing queen». Pedro Sánchez perdió su oportunidad. Rogar para que ganara Trump. No hay lobo para tan poca Caperucita. Trump es un aviso a los que les gusta la aventura, no en su vida, sino en las urnas, los que creen las premisas populistas y entran al trapo. Esa manada.