Regreso a Irak

La participación de España en la nueva guerra de Irak todavía no está concretada. A tenor de la bizarra experiencia de la Alianza de Civilizaciones, es probable que Estados Unidos nos encomiende una misión de alto riesgo, como ocuparnos de las palomas mensajeras. «España ha vuelto», podría proclamar García Margallo henchido de orgullo, pero es de temer que la fama de Moratinos y la espantada de Irak en 2004, lejos de olvidarse, han arruinado para muchos años nuestra fiabilidad como aliado en la guerra contra el terrorismo islámico. Después de aquel desmesurado «No a la guerra», después de satanizar a Aznar como «asesino» y después del atentado 11-M, es imposible que un gobierno español reúna el coraje necesario para combatir en primera línea. La izquierda recluyó a España en la retaguardia de los pusilánimes y desde entonces ahí sigue a pesar del excelente trabajo militar en Mali o como cascos azules. Naturalmente, el nuevo secrerario general del PSOE ya le ha advertido a Rajoy de que no se le ocurra mandar a nadie a Irak. No es de extrañar que, como reveló la semana pasada un sondeo del CIS, sólo el 16% de los españoles se muestre dispuesto a defender a su país. Es preferible que sean los americanos, los ingleses o los franceses los que arriesguen el pellejo contra los yihadistas, entre cuyos delirios albergan el de reconquistar Al-Andalus, desde Tarifa hasta Gerona, a sangre y fuego. Sin embargo, la amenaza no procede sólo de los terrorrista del Estado Islámico ni de Al Qaeda, sino de los núcleos fanatizados que viven en España. Hay un millón de musulmanes en nuestro país, buenos ciudadanos en su gran mayoría, pero la radicalización entre los jóvenes va en aumento. ¿Qué concepto tendrán de un país que elige la retaguardia frente a los combatientes de Alá y su guerra santa? No muy favorable ni respetuoso, desde luego.