Regreso a la tribu

La Razón
La RazónLa Razón

Julio Caro Baroja, con el que pasé buenos ratos en su piso que daba al Retiro y en la casa de los Barojas en Vera de Bidasoa, encontraba grandes semejanzas entre la bruja antigua y el político moderno. Pues bien, superado el aquelarre de estos días en el Congreso de los Diputados, llega, este fin de semana, el congreso socialista con la exaltación de Sánchez, un mefistofélico político que regresa por arte de brujería. Y después nos espera un verano caliente con el regreso a la tribu en Cataluña. En las concentraciones, hasta la Diada, con revuelo de senyeras con estrella, no se apreciará crispación. Parecerán gentes corrientes, familias de la burguesía, orgullosas de su identidad, movidas por la emoción de la independencia. A un lado estará el mar, frontera inevitable y sueño lejano de expansión, y del otro la pobre España guardiolesca, opresora, pordiosera, anticuada, que no comprende, que maltrata y encadena a la próspera y culta Cataluña. Y en la punta de arriba, la centralista Francia. Es la Cataluña incomprendida desde hace siglos, por lo menos desde 1714 con la llegada de los Borbones, como les han dicho en las escuelas y les machacan en la televisión. Ellos son una nación. Lo dicen ya hasta Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, los brujos de la nueva política.

Así que volverán a la calle y se envolverán en la bandera estrellada, convencidos de que el sueño del referéndum está al alcance de la mano. Desdeñarán a los que les advierten que les han falsificado la historia, que España no es como se la pintan, que es un gran pueblo acogedor y paciente, que los jefes de la tribu les están engañando, que, por lo demás, ha pasado el tiempo de las tribus, que salir de la tribu es el comienzo de la civilización, que la unión hace la fuerza, que, ¡ay!, sin darse cuenta, están cubriendo Cataluña de ignominia y que el despertar puede resultar monstruoso. No atienden. Entre el ruido de Els Segadors, las campanas de la catedral de Lérida, las arengas, los aplausos y las consignas de rigor, nadie se para a escuchar esas palabras lejanas. ¡Vaya verano nos espera! Ni siquiera atienden al poeta catalán Gabriel Ferrater, muerto en 1972: «Acabadas las vacaciones, sí, / vi que a mi mundo alguien le había/ partido la cara».