Roja global

Tras alzarse con dos Eurocopas y un Mundial, La Roja ha vuelto a casa cabizbunda y meditabaja. Ha quedado como la Marichony en las rebajas de un supermercado de gasolinera, dándonos a todos una lección estoica: la amargura de la caída siempre puede ser más grande que la felicidad del ascenso. Hay que saber abandonar cuando se está en la cumbre, no en el hoyo. Los mismos aficionados que hicieron de los jugadores de La Roja semidioses olímpicos nacidos en Móstoles han sucumbido al desengaño, se han refugiado en el inframundo de la banderita «arrugá». En el panteón de los sueños españolitos hoy sólo reina la diosa Melancolía, que es un peñazo de chorba de muy mal ver. Dicen algunas lenguas sueltas que el vestuario estaba dividido, que la «parte catalana» no se entendía con el resto. Quizás fuese un reflejo de la España actual. No sé. Pero este mundial resulta atípico. Tal vez sea un reflejo del mundo actual. No sé. La globalización ha impuesto un criterio «de rotación continental» incluso en fútbol. Se juega en Brasil, en ciudades donde los incontables niños pobres forman parte del mobiliario urbano estropeado, y como tal son tratados. Han caído pronto los colosos con pies de barro (o sin suficiente barro, porque tal vez uno de los problemas sea que las zapatillas de los antiguos campeones olían a moqueta, más que a césped), equipos ex/excelentes como España y otras selecciones europeas que todos creíamos «la élite» del mundo. También, económicamente, esa Europa se ha bajado del podio para dejar paso a economías emergentes, las que «tienen hambre» que diría Del Bosque (miren al delantero uruguayo Luis Suárez). Alemania, Francia, Bélgica, Suiza... ¡Grecia!, han resultado ser el fortín europeo, la esencia de la fuerza del Viejo Continente. Una prosaica metáfora de estos extraños tiempos.