¡Rummbblee! y se acabó

Los viejos tebeos del Oeste, con Roy Rogers, Gene Autry, Rex Allen, Hopalong Cassidy y compañía eran joyas onomatopéyicas. Esa bala que rozaba al bueno, «zing», los disparos «bang, bang», la rama seca que al ser pisada delataba la presencia del malo «crash», el llanto de la niña de humilde condición mientras narraba sus desventuras al héroe «snif, snif», y demás alardes en la onomatopeya, se quedaban en casi nada cuando algo se derrumbaba. Lo mismo una montaña arrastrando rocas hacia el barranco, que el tejado de una casa sobre cuya superficie el malísimo forajido aguardaba la llegada del buenísimo para darle matarile, que se resumían con un grandioso y sonoro «¡rummbblee!». Eso tan sencillo. Una piedra que se mueve en un risco, arrastra a otras y «¡rummmbblee!», caían sobre los malhechores. El malvado que no calculaba bien la resistencia del tejado, y «rummbbleee» se precipitaba en el vacío hacia el suelo de la casa dañándose gravemente mientras se quejaba con un «ay, ay, ay» que a los lectores nos satisfacía plenamente. Aquellos héroes de nuestra infancia eran, en su vida real, cantantes de «country», y en las portadas de los tebeos aparecían como eran, unos cursis redomados, siempre calzados con unas botas vaqueras de imposible redención o amnistía.

No se han producido avalanchas ni derrumbamientos de rocas. Una noche le narré a Jose Luis de Vilallonga un hecho divertido, que después se apropió para atribuírselo a unas parientas. Dos hermanas, muy feas ellas, conocidas en Madrid por «Las Mulillas», por sus largos dientes y su condición de gemelas, viajaban en su viejo «Ford» camino de San Sebastián. Tiempos de la Segunda República. Las hermanas, monárquicas hasta extremos inabarcables, se toparon en Pancorbo con un grupo de obreros que tremolaban banderas rojas. Aceleró la que conducía mientras su gemela, sacando la mitad del cuerpo, les decía de todo y nada bonito. Superaron a los obreros y pocos segundos más tarde «¡rummmbblee!», la mitad de la montaña de Pancorbo cayó sobre ellas. No eran manifestantes, sino obreros que anunciaban que iban a explosionar unos barrenos para mejorar la carretera.

Algo tienen que ver Las Mulillas con esto que escribo. La cubierta de la plaza de Toros de Las Ventas de Madrid se ha derrumbado con anterioridad a ser inaugurada. El viento, dicen, ha sido el culpable. Menos mal. Una plaza de Toros como Las Ventas del Espíritu Santo, muy ventosa por cierto, no puede cubrirse. Pierde toda su personalidad. Se siente avergonzada. Cuando los venados pierden sus cuernas, se esconden en la sierra por pudor. Se sienten desnudos, feos, a expensas del pitorreo de los jabalíes, que envidian el esplendor de su belleza cuando lucen sus candelabros. Y la plaza de Las Ventas se sentía humillada mientras se procedía a construir su cubierta, destinada a eventos ajenos a la torería durante los meses del frío. Ha sido ella la que ha decidido permanecer abierta, dejando caer parte de la cubierta para terminar definitivamente con el antiestético invento. Se trata de la principal plaza de toros del mundo, que no quiere ser ni discoteca, ni auditorio, ni nada que no sea lo que ha sido siempre. Una plaza de toros.

Las ventas, con exquisita educación y para no dañar a nadie, ha decidido precipitar su cubierta al ruedo en plena noche, gélida madrugada. El proyecto ha sido «aplazado». Seguirá como siempre. Un «ruummmbbbleee» oportunísimo.