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La Razón
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Vivimos tiempos difícilmente comparables con cualesquiera otros del pasado, nunca el ser humano había habitado un momento semejante. Somos iguales que hace miles de años, homínidos más o menos erguidos sobre su pequeñez, pero las condiciones de la historia han dado un giro impresionante: la tecnología es la causante de esta revolución social, que afecta a todos los órdenes del planeta, desde la cultura a la economía o la ecología. No soy tecnófoba, al contrario, pero tengo la impresión de que estamos rodeados de «ruido» baldío, en gran parte debido a tantas necesidades artificiales, absurdas, que nos impulsan a consumir (y consumirnos) frente a un montón de aparatos que no necesitamos poseer ni utilizar. Es, verbigracia, la tecnología la causante en buena medida del paro estructural que amenaza nuestras confortables sociedades occidentales, que han disfrutado de la Babia del bienestar desde hace setenta años. También la tecnología es responsable de gran parte de las afecciones psicológicas que nos extenúan ahora, desde la ansiedad a la locura. La idea de constante «conexión», la enfermiza obligación de estar continuamente on-line, supone un derroche pasmoso de tiempo, energías y nervios en aras, muchas veces, de una perfecta inutilidad, de un vacío turbadoramente irónico y malsano. Resulta curioso que, pese a tantos efectos colaterales negativos como acarrea la tecnología, no hayan surgido movimientos «luditas», como aquel que encabezaron los artesanos ingleses, atemorizados y furiosos ante el paro estructural que producían las máquinas, destructoras insaciables de empleos. Todo lo contrario: hoy es el antiludismo, la tecnofilia más visceral, la que nos invade, con su urgencia de conectividad. El mantra es «estar conectados». Todos caemos subyugados por la orden telúrica de la telecomunicación. Pero los chicos listos, como César Alierta, que gobierna Telefónica y nuestros hogares, se niegan a tener un Smartphone. Por algo será.