Statu quo

Pasaba yo un verano en una casa de campo cuando una buena mañana, al rodear el jardín, me quedé frente a frente con una rata. Tenía un aspecto lustroso, como todo lo rural, que siempre parece más terso y pulido que lo urbanita: desde las lechugas a las modelos de alta costura, lo que se cría en el agro carece de ese sofisticado pero al fin y al cabo miserable barniz de alquitrán con que bautiza la ciudad a todos sus productos animados o materiales. Era tan hermosa la puñetera rata que parecía más una mascota doméstica que una alimaña. Grité como una energúmena. Tengo la visionaria teoría de que las mujeres odiamos a las ratas porque esa aversión «está en nuestro ADN», como se dice ahora, desde que nuestras antepasadas vivían en cuevas y veían cómo los malditos roedores mordían a sus bebés, cuando no los mataban. Las ratas y las mujeres nos odiamos a muerte. Somos archienemigas. Cualquier mujer representa lo contrario que una rata. Aullé e insulté tontamente a la rata; sin embargo, el bicho no se movió de su sitio. Permanecimos una frente a la otra como dos pistoleros en el viejo Far West. Tal vez ambas teníamos miedo. Un miedo endemoniado la una de la otra, lo que nos proporcionó un «statu quo» de estabilidad hechizada. Un equilibrio que sólo se rompió cuando, debido a mis gemebundos alaridos, apareció mi anfitrión con un leño en la mano. En estos últimos años, tengo la sensación de que en la Europa de los recortes está pasando algo parecido: los dirigentes europeos sienten miedo de los ciudadanos y su capacidad de protestar y alborotar, mientras que los electores y sufridos contribuyentes viven aterrados por sus representantes políticos, lo que ha generado una delicada moderación social. Casi armonía, diríamos.