Teatro de museo

De repente, se me ha ocurrido hacer un recordatorio de mis recientes conversaciones con amigos, familiares y gente allegada y de confianza. Son un testimonio veraz de cuanto pienso y siento de la actualidad. Y también de lo que piensan otros, mis interlocutores.

Con B. A. Actriz.

-Según lo que has escrito en LA RAZÓN sobre la «barbarie en el teatro», infiero que promueves algo así como una vuelta al «teatro de museo».

-Yo hablaba de la actuación magistral de Gordon Craig. La interpretación personal y estética y el tipo de creación que corresponde al director de escena al materializar un texto clásico, su conceptual y plástica versión, teatral y ambientalmente fiel y enfatizadora de su temporal mensaje. A «La vida es sueño» le siguen algunos siglos de evolución, y hay que servirla en su propia salsa para que el espectador entienda su valor de testimonio moral y estético, su temporalidad o universalidad. Se trata de un aliño estético, de una expresiva y sugerente estilización – en la que se basa su colaboración con Stanislawski para su montaje de Hamlet–.

Figurines y decorado no tratan de ser fieles a una época dada, sino su idealización artística, impactante y certera como «obra de arte». Aquí, el estilo lo dice todo, decide el fracaso o el éxito de la propuesta. Sólo en este terreno debe competir el director de escena y no sacar al texto de su contexto, sino plasmar un modo nuevo de soñarlo, sugestionando al espectador, haciéndole partícipe de tal sueño estético, enardeciendo su identificación. Así que cometes un disparate diciendo que esto es «teatro de museo». Para mí, es «teatro ejemplar». Ese «teatro de museo» se lo podemos atribuir al gran actor y director de escena francés Antoine, que reclamaba mayor rigor histórico frente al convencionalismo disparatado que reinaba en los escenarios de París. También esto era una novedad y una valiosa aportación, que el público aprobó y celebró. Ni el cine más barato se permite uniformizar y atrezzar la Guerra de Troya con la indumentaria y el atrezzo de la Primera Guerra Mundial. Ya lo hizo mi compañero Miguel Narros, vistiendo a los malos de militares nazis o fascistas en su montaje de la Numancia de Cervantes. «Éstos son los malos», quería significar, como si el espectador fuera un niño de poca instrucción. ¡Mira qué gracioso y qué moderno! Y de esto, hace ya la friolera de 30 años, y esto sí que es ahora «Teatro de museo». A ver si nos entendemos de una vez.

-No me convences. Parece que no te has dado cuenta de lo que pretendemos, que es ejercer una plena y total libertad del arte teatral, espejo y reflejo de la crisis por la que atravesamos.

-Bonita clase de superarla tomando a los clásicos como terreno conquistado y como elefante en cacharrería. También esto es una convención y –como todas– aburrida, repetitiva, antievolutiva. Rechazáis toda disciplina, y sin disciplina no hay vida orgánica. Sin disciplina no hay religión ni ciencia ni arte ni evolución alguna. El genio humano es una paciente disciplina. Sin paciencia ni disciplina no vamos a ninguna parte. ¿Quién menos que el artista debe adoptar una autodisciplina, para conquistar el estilo que le distingue, el estilo que sugestiona, que cautiva, que nos hace sentir y pensar a un mismo tiempo? Sin este atributo del genio humano no hay civilización posible. No queráis salir de la crisis entrando de patitas en el caos, un enorme depósito de aburrimiento, un desván interminable, sin orden ni concierto. La disciplina matemática nos hace volar hacia otros planetas, otros mundos. ¿Por qué demonios el artista no ha de pretender eso mismo: poder acceder a los planetas y nuevos mundos del espíritu? Hablas con un autor dramático que siempre ha querido ir más allá de sí mismo.

-Con todo y con eso, no me convences.

-Yo no convenzo a muchas personas, lo tengo asumido, son gajes del oficio. Yo lo he querido así, he querido arrostrar todos lo imponderables que nos amenazan en este oficio de exponerse, sin pudor alguno, a la opinión pública. Y la propia experiencia me dicta que hay rebeldes que no se dejan convencer ni por Cristo. Y perdona que te diga: Tú eres una actriz, una intérprete, eres como un piano. El piano no es al autor de lo que toca, sólo toca lo que la disciplina musical del compositor se inventa. No te pases de lista.

-Tenías que terminar dándote toda la razón a ti mismo. Y de paso, ofendiéndome con el dictamen de que soy sólo un trasto. Muchas gracias por el cumplido.