Tiempo de silencio

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La crítica considera «Tiempo de silencio» como una de las mejores novelas españolas del siglo XX, quizá porque es una imprescindible autopsia de las mezquindades y grisuras de la sociedad franquista. Luis Martín-Santos, director del psiquiátrico de Guipúzcoa, amigo y correligionario de Ramón Rubial, Nicolás Redondo y Enrique Múgica, apuntaba a secretario general del PSOE tras Rodolfo Llopis de no haber adelantado en un cambio de rasante. Dado que su esposa había fallecido poco antes en un escape de gas doméstico sin que se dilucidara si fue accidente o suicidio, aún se especula si el psiquiatra, de personalidad destructiva, también se quitó la vida, pero ello no desmerece aquel retrato hoy olvidado de una España anestesiada, tal como puede estarlo la de hoy. Y es que el silencio puede ser estruendoso tal como estos molestos ruidos en los que Aragón también le roba a Cataluña, el ganador cantado de las elecciones catalanas permanece en prisión y un virtual presidente republicano tiene puesta Corte en Bruselas como si fuera otro rey pasmado. La política catalana ya es quilombo, o merienda de negros cimarrones, y todo va a quedar aplazado hasta la próxima legislatura que será incierta y constituyente. La del 78, cargada de obviedades y vaguedades, necesita más desarrollo que mudanza. No tenemos ley de huelga ni ley orgánica que encuadre el 155, ni otra ley electoral precisaría de unas constituyentes que van a plantear hasta la forma del Estado. Decía el conde de Romanones: «Vosotros haced las leyes y dejadme a mí los reglamentos». Ese sería un metrónomo para mudar el silencio en sonido confortante. Ya se sabe, ignacianamente, que en tiempos de tribulación, no hacer mudanza, y coincidíamos en que resultaba temerario reformar la Constitución vadeando una crisis y en caliente, pero ya estamos elucubrando otra territorialidad que llegará al cantonalismo y hasta insolidarias balanzas fiscales cuando tenemos históricamente al país en almoneda. Tantas voces y sus ecos, tantos disparates tenidos por sentencias, no cubren este nuevo tiempo de silencio en que vociferan jaques con la majeza de los fanáticos analfabetos del unilateralismo.