Julián Redondo

Un ojo de la cara

En Inglaterra le quieren, dice Mourinho, que se muere por volver a la tierra prometida, no sin condiciones. La primera, que su íntimo enemigo Rafa Benítez meta al Chelsea en «Champions» –¡manda güevos!–; la segunda, que Abramovich, que ya invirtió un pozo de petróleo en sus delirios, vuelva a poner a su disposición un plantel de fábula que difícilmente alcanzará el valor del que le entregaron en el Madrid para ganar en tres años una Copa, una Liga y una Supercopa. Cada título ha salido por un ojo de la cara. Números: 16 millones cobró el Inter por su traspaso; más los 17 millones brutos que percibe por temporada. Total, 67 millones; cada trofeo, 22 millones. Un capital. Más costoso que los goles de Kaká. Y nadie le ha pedido cuentas. A «Special One» se le ha exigido acorde a su ficha y a la categoría de sus futbolistas, en ningún caso inferiores a los del Barcelona. Ha patinado. No ha respondido a las expectativas deportivas; en cuanto a las personales, ha seguido idéntico rumbo siendo entrenador que cuando era traductor. Supone que ambas cuestiones obedecen al odio que se le tiene. Craso error. «El odio es la venganza de un cobarde intimidado», y en el mundo civilizado no hay tantos personajes que se atrevan a encerrar a un periodista en una habitación para acongojarle. Que se aplique la cita de Bernard Shaw, o mejor ésta de Víctor Hugo: «Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga». Hartazgo es la palabra. Ni la mayoría madridista le despedirá con pañuelos ni todos en Londres le harán la ola si Benítez le coloca.