Una marca de champú

La Razón
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Entre las variedades de pelma, siempre me ha caído fatal el que aprovecha tus pifias para soltarte eso de «ya te lo decía yo», pero hoy no me resisto. Ya les dije hace más de cuatro años que estos de Podemos eran mucho más tontos de lo que parecían a los ojos del periodismo nacional. Entiendo que a buena parte de esta profesión, donde abundan quienes piensan que Keops es una marca de champú, Kefren un artefacto de bólido de F1 y Micerino una pastilla para el dolor de cabeza, causarán impacto unos suplentes de Universidad, que citaban párrafos de Galeano o Marta Harnecker. Escribir no habían escrito nada, pero parecían leídos. Y además, conocían la mecánica del oficio y se las pintaban de maravilla para acuñar titulares. Es la nuestra una profesión donde es obligado separar el grano de la paja, pero vivimos tiempos en los que, por razones de audiencia, se tiende a elegir la paja. Y ahí han prosperado Pablo Iglesias y sus cuates. Hasta hace poco, porque la mano de palos que les están dando casi todos los periodistas de peso –empezando por nuestro feroz Ussía– es de proporciones bíblicas. Desde el punto de vista político, la incompetencia de Iglesias, Monedero y compañía es clamorosa. Tras las elecciones de diciembre de 2015, tuvieron en sus manos la posibilidad de pegarle un vuelco al país, jubilando a Rajoy y metiendo a Sánchez en La Moncloa. Les hubiera bastado apoyar la investidura del candidato del PSOE, al que respaldaba Ciudadanos, para alterar el juego y convertirse en la única oposición. En un alarde de estulticia, Iglesias se postuló como vicepresidente, repartió ministerios y televisiones, obligó a convocar nuevas elecciones y terminó alimentando al PP. Lo de ahora es todavía más chusco. Esperanza Aguirre había hecho mutis por el foro, a los ministros Catalá y Zoido no les cabía ni un cacahuete, la prisión de Soto recibía cada día un inquilino popular y a Montoro se le empinaban los presupuestos. Así estaba el panorama, cuando al atolondrado amigo de los verdugos chavistas no se le ocurre mejor idea que proponer una moción de censura y de un soplo disipa el fétido olor de la «Operación Lezo» y fuerza al PSOE a unirse para darle un corte de mangas y canoniza a Rajoy. El PP carece de encanto, no tiene programa y huele fatal, pero, gracias a la ultima payasada del bravucón de la coleta, vuelve a ser percibido por la ciudadanía como la única alternativa al populismo comunistoide y a los zarrapastrosos.