Xenofobia, ma non troppo

Está claro que día a día ese patriota de tomo y lomo apellidado Mas refuerza su vis cómica. La fuerza de su ironía quizá sólo está empezando a ser comparable a las dimensiones de sus patéticas tretas o trucos o trampas o charlotadas. Tanto da. Porque todas van en la dirección de la desesperación, de esas maniobras a las que recurre el que sabe que todo lo tiene perdido pero está empujado a buscar –por grotesca que sea– alguna forma de redención (¡ay qué pena!).

Los separatistas catalanes están a centímetro y medio de descubrir el agua templada. O los beneficios de asar la manteca. Ahora resulta que los que le han hecho durante años la vida imposible a los compatriotas de Valladolid o Vigo o Almería o Murcia o Madrid (¡y ahí siguen!) pretenden acoger con los brazos abiertos a los ciudadanos procedentes del Perú o del Sahel o de los Balcanes. ¡Qué genios!

Es triste pero es real, y es innegable. Los prebostes de ese regionalismo onanista, los de la boina con cuatro vueltas de rosca, están convencidos de que todo es bueno para el convento. De que es posible indoctrinar, o directamente engañar, a los extranjeros que llegan a Cataluña para ganarse la vida si a cambio estos pobres hombres forran los salones de sus casas de esteladas. ¡Para lo que han quedado los señoritos de CiU!

Dejémonos ya de absurdas alquimias, de ingenierías sociales para engatusar y tomar por lelo al personal, empezando por el menos socializado y arraigado. Quienes por sistema han perpetrado hondas manifestaciones de xenofobia no pueden ahora llamar a la integración de «los otros» Es una maldad. Es una soberana estupidez. No procede. No cuela.