Y después del show, ¿qué?

La Razón
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Algo se rompió en Vistalegre cuando los Sres. Pablo Iglesias e Íñigo Errejón partieron peras. Podemos ya no ha vuelto a ser el mismo, numerosos militantes que se entusiasmaron hace escasamente dos años han ido abandonando paulatinamente la organización.

Ni siquiera están siendo capaces de brillar en su especialidad, la comunicación política. El Sr. Errejón ha desaparecido literalmente de las pantallas de televisión y de las emisoras de radio, algún lacónico tuit es todo lo que queda de quien fue uno de los puntales del nuevo partido.

Pero el ostracismo al que ha sido condenado el que era número dos del Sr. Iglesias no se ha saldado con un relevo, más bien ha desaparecido ese hueco que ocupaban. Pensó el líder podemita que todos sus males provenían de las conspiraciones que tenían como epicentro al Sr. Errejón, pero se está dando cuenta de que su problema es más profundo que las traiciones palaciegas de los «círculos» de Podemos.

Nacieron como una protesta contra el sistema, que fue bien recibida por amplios sectores, sobre todo los que sufrían las consecuencias de una de las crisis más injustas de los últimos tiempos. No se buscaba en el 15M una respuesta a los problemas, era sencillamente una queja que trataba de hacer tambalear los pilares de las instituciones que parecían, a sus ojos, no entender el drama de la generación más preparada de la historia.

A partir de ese movimiento social nació Podemos, cuya función parecía dirigida a encarnar las respuestas que paliarían la demanda de mayor justicia. Sin embargo, nuevamente la historia ha demostrado que las revoluciones no arreglan ninguno de los problemas de la gente y que solo posiciones prácticas como la Socialdemocracia hacen del mundo un sitio imperfecto, pero sustantivamente mejor cada día. El esperpento en que se ha convertido el grupo parlamentario de Unidos Podemos es consecuencia de todo lo dicho. Aquellos que entendían que el Parlamento era el lugar para hacer política y proteger legislando la vida de la gente, perdieron en su última asamblea y han sido desplazados de la Dirección.

Han ganado los que desprecian las instituciones, quizá porque desconocen que el poder político es el que tiene el que carece de otro, y no encuentran bien su espacio en el hemiciclo.

Sin los mensajes políticos del Sr. Errejón, han decidido llenar el espacio y la atención de los medios de comunicación con el espectáculo permanente, la actitud provocadora y la falta de respeto a las instituciones.

Sin duda, la Cámara está para representar a los ciudadanos, ponerse una camiseta reivindicativa puede interpretarse como el apoyo explícito en el lugar donde la soberanía popular ha delegado el poder. Tampoco debe escandalizar un lenguaje más o menos informal, el problema reside en que todo esto lo confunden o, mejor aún, lo funden con la falta de respeto institucional al funcionamiento democrático.

Comer y beber en el escaño, insultar para intentar sacar un corte de 20 segundos en los informativos o vestirse y desvestirse durante el desarrollo del pleno, no tienen que ver con llevar la calle al Parlamento, más bien con una inmadura concepción de cómo en democracia se puede hacer que la mayoría mejore.

Tampoco mejora el país con diputados como el Sr. Diego Cañamero, que no ha conseguido reprimir con la edad sus maneras provocadoras y amenazantes. Le conocen bien mis compañeros de El Coronil (Sevilla), que le han sufrido durante años, a él y a su intento de «pseudorégimen».

Lo malo de convertir la política en un espectáculo a la búsqueda de audiencia es que después del show, nada de nada.