Yeguada de ganglios

He sido siempre un teórico de la belleza femenina, el simple testigo fascinado por la gramática que suponen sus facciones en el rostro de una mujer, aunque reconozco que la encuentro más cautivadora cuando su geometría se descompone en movimientos, es decir, cuando en la quietud cristalizada de la gramática irrumpe la sintaxis, o sea, cuando Stanley Donen consigue que a Cyd Charisse se le desenfaden como frases esas piernas sedosas y larguísimas en las que ocurren juntos la coreografía, el erotismo y la onomatopeya del agua al vadear el río. No le encuentro mucho sentido a la belleza sin gesto, que suele ser como una hoguera en la que las llamas estrangulasen el fuego. Me sucede lo mismo al pensar en la foto fija de una manada de caballos –hermosos, pero tiesos– y evocar el viejo «western» fordiano en el que atravesaba el horizonte la sorda marimba de una carreta arrastrada sobre el tambor del polvo por un tiro de estilizadas cabalgaduras con las bridas tensas y el aliento en rama, algo que sobrevive en mis sienes con el trote elástico de lo que siempre me parece el recuerdo bautismal de cuando en el sólido granel de la geometría de Monument Valley irrumpía, como un bandoneón, una fértil sinalefa de yeguas, acaso las mismas que aun ahora evocan aquellos de días mi niñez en los que me acostaba apenado por la idea de que el paisaje permaneciese toda la madrugada a la intemperie y el río se pasase la moche metido en el agua. ¡Belleza y sintaxis! A la hermosa Charysse no le cabían las piernas entre las caderas y el calzado, de modo que la gramática de sus proporciones necesitaba que alguien la redimiese del cautiverio con la prosa laxante de la coreografía. Por eso cuando miramos en su quietud las piernas vocabularias de Cyd Charisse, lo que esperamos es la cucaña sintáctica de ese paso de baile en el que vadean, como yeguas de cera, los ganglios de la belleza.