Tribuna

El día del Papa

Pidamos por el Papa Francisco. Como Él mismo nos dice constantemente desde el inicio de su ministerio petrino: «Rezad por mí»

En el día de la celebración de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, es tradicional incluir en esta festividad «el día del Papa», para tenerle muy presente en nuestra oración, en la acción de gracias, en nuestra adhesión personal y comunitaria. Deberíamos hacer, pues, preces por el Santo Padre, el Papa Francisco, y por su ministerio de sucesión de Pedro de comunión eclesial universal, de presidencia en la caridad del colegio apostólico y de toda la Iglesia, de confirmación en la fe de todos los hermanos y de garantía de permanencia en la verdad revelada y de fidelidad a ella por parte de la Iglesia Católica y Apostólica de forma que en todas las iglesias se escuche la verdadera voz de Cristo Pastor.

El día del Papa
El día del PapaRaúl

Es un día para fortalecer la veneración y la obediencia al Papa, el afecto filial hacia su persona que siempre han distinguido al católico. Habríamos de resaltar en la predicación, en la catequesis y en la liturgia el significado y el lugar del Papa dentro de la Iglesia. Esto es tanto más necesario cuanto que, por razones complejas, parece observarse en ciertos sectores de la cristiandad un oscurecimiento de lo que comporta el ministerio del sucesor de Pedro en la vida de la Iglesia, en la vida de todas las Iglesias particulares o diócesis, en todas y cada una de las comunidades donde está la Iglesia y en la vida de todos y cada uno de los fieles cristianos. A partir del Concilio Vaticano I y del Vaticano II, parecía que «postas», y misión en la Iglesia, se habían interiorizado y penetrado en la conciencia eclesial; pero mira por donde, sobre todo por influjo de poderes sociales identificables presentes en la opinión pública, no está siendo así. Es verdad que la sensibilidad del pueblo, su sentido de fe, ha mostrado siempre una gran cercanía, escucha y atención hacia quien es el Sucesor de Pedro y Siervo de los siervos de Dios, hacia su autoridad y su ministerio propia de comunión en la Iglesia, con Pedro y bajo Pedro. Al pueblo fiel le importa el Papa. Sin embargo, en los últimos decenios, y sobre todo en los últimos años se ha ido difundiendo una crítica sorda y frecuentemente directa respecto de los Papas en ciertos medios de comunicación y de opinión pública. Antes la crítica fue hacia un Papa, después a otro; se trata siempre del Papa y de la figura y misión del Papa en la Iglesia. Todo eso, junto con unas concepciones eclesiológicas al uso, está influyendo en sectores del pueblo cristiano de manera importante y generando una especie de desafección respecto del Santo Padre. Es un problema muy serio, porque desde la desafección se va debilitando y aun resquebrajando la comunión eclesial. Necesitamos al papa, porque es roca firme en la que descansa y se apoya la Iglesia.

Y sin comunión no hay Iglesia. Pero esta comunión es siempre con Pedro y bajo Pedro, es decir, con el Papa y bajo el Papa. Ya en los Evangelios se reconoce una preeminencia de Pedro, al que suceden los Obispos de Roma, sobre el resto de los Apóstoles. Como sucesor de Pedro, el Papa ha sido constituido como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y de comunión tanto de los demás Obispos como de la multitud de fieles. El Espíritu Santo sostiene al Papa para que haga partícipes de este bien esencial a todas las comunidades e Iglesias en la sola y única Iglesia de Jesucristo.

El Papa es, en expresión hermosa, «siervo de los siervos de Dios», el primero entre los servidores de la unidad, roca sobre la que se fundamenta la Iglesia, Pastor de toda la grey del Señor, el que confirma y fortalece en la fe a todos sus hermanos, el que dirige y guía a la comunidad universal de los discípulos de Jesús extendida de oriente a occidente, el que representa, consolida y fortalece la comunión del Colegio Episcopal.

Su ministerio es, en expresión de San Juan Pablo II, «un ministerio de misericordia nacido de un acto de misericordia de Cristo». Es esta misericordia de Cristo la que ha dotado a su Iglesia con el servicio de Pedro y de sus sucesores para que todos seamos «uno», permanezcamos en la unidad, y el mundo crea que Jesucristo, el único nombre en el que podemos ser salvos, es el enviado del Padre, como paz, camino, verdad, vida, esperanza para todos.

Demos gracias a Dios por el don del Papa y por su imprescindible ministerio. Crezca entre nosotros nuestra adhesión personal e inquebrantable al Papa, a este Papa, Francisco. Que se acreciente nuestro amor hacia él y nuestra fidelidad a sus enseñanzas. Ese amor y fidelidad es la garantía de permanecer unidos a Cristo y así ser Iglesia enviada a los hombres para anunciarles que Dios les quiere, los salva y está con ellos y por ellos. Necesitamos del Papa y él necesita de nosotros, de nuestra oración y apoyo filial y gozoso. Para ejercer el ministerio en favor de toda la Iglesia también necesita de nuestra ayuda económica, generosa y verdadera –son inmensas las obras que debe atender con la ayuda de la solicitud amorosa de todos los fieles–.

Que Dios nos guarde al Papa Francisco. Es un regalo suyo a toda su Iglesia santa. ¡Qué gran promotor de la fe, qué gran testigo de esperanza, qué gran defensor y servidor de todo hombre, de los más débiles, inocentes e indefensos! El nos anima desde el primer momento de su pontificado a vivir el Evangelio de la alegría y a vivirlo, llevando una vida de caridad y de misericordia.

La potestad del Papa, es hoy puesta en tela de juicio por sectores «democratizantes» y «progresistas» que desearían que fuese de otra manera, seguramente porque les estorba para sus propios intereses.

La veneración y la obediencia al Papa, el afecto filial hacia su persona han distinguido siempre al católico. La sensibilidad del pueblo, su sentido de fe, ha mostrado siempre una gran cercanía, escucha y atención hacia quien, como sucesor de Pedro, es «Siervo de los siervos de Dios».

El Papa, como Pedro, es roca firme en la que descansa y se apoya la Iglesia; es garantía de permanencia en la verdad revelada y de fidelidad a ella por parte de la Iglesia Católica y Apostólica para que en todas las Iglesias se escuche la verdadera voz del único Pastor y Guía de nuestras almas, Jesucristo. El Papa es el primero entre los servidores de la unidad, Pastor de toda la grey del Señor, el que dirige y conduce a la comunidad eclesial universal de los discípulos de Jesús extendida de oriente y occidente, el que representa, consolida y fortalece la comunión del Colegio Episcopal.

Su ministerio es, en expresión del Papa San Juan Pablo II, un «ministerio de misericordia» nacido de un acto de misericordia de Cristo. Es esta misericordia de Cristo la que ha dotado a su Iglesia con el servicio de Pedro y de sus sucesores para que todos seamos uno, permanezcamos en la unidad, y el mundo crea que Jesucristo es el Hijo de Dios vivo, Mesías de Dios, el enviado del Padre, como paz, camino, verdad, vida, esperanza para todos.

Que cumplamos y llevamos a cabo, llenos de gozo y esperanza, la llamada incesante que nos dirige a todos los fieles cristianos a impulsar decididamente una nueva evangelización para que el mundo crea. Sintámonos muy cerca del Papa Francisco, hombre de Dios, enseña de esperanza para todos los hombres, en cuya vitalidad espiritual se trasparenta la fuerza del Dios vivo, con él prosigamos sin desmayo la obra evangelizadora, misionera que Jesús encomendó a su Iglesia.

Pidamos por el Papa Francisco. Como Él mismo nos dice constantemente desde el inicio de su ministerio petrino: «Rezad por mí». Sí, debemos rezar por él. Son tantos los problemas y las dificultades a las que debe atender, son tantas las solicitudes eclesiales y de caridad pastoral que reclaman su ministerio, son tantas sus preocupaciones y las incomprensiones hacia su persona, que hemos de estar a su lado, y la mejor manera de mostrar esa cercanía y esa comunión inquebrantable con él, de ayudarle y acompañarle, es orar, rezar por él y su ministerio, encomendarlo a Dios para que nunca le falte su ayuda para que en todo momento haga su voluntad, que no es otra que los hombres se salven y les alcance, a todos sin excepción ni exclusión alguna, la fuerza de su amor que no tiene fin.

Nos unimos con toda la Iglesia y reiteramos la acción de gracias a Dios por el Santo Padre, Francisco, le alabamos y bendecimos por este don que Dios nos ha concedido a su Iglesia y al mundo entero con el Papa, sucesor de Pedro, con este Papa y bajo su autoridad, que es servicio a la comunión, para que el mundo crea y se salve. El Papa Francisco, en efecto, es testigo del Dios vivo y enseña de esperanza para todos los hombres, amigo fuerte de Dios y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, peregrino de la paz por todos los caminos de la tierra y paladín de la vida y de la ecología humana integral, trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio, evangelizador hasta los confines del mundo, infatigable luchador por una nueva cultura de la vida y de la solidaridad y por una civilización del amor, buen samaritano que se acerca e inclina con ternura y amor al hombre malherido y maltrecho de nuestro tiempo, amigo cercano y aliento de los jóvenes tan necesitados de futuro y buscadores de la felicidad, testigo fiel y gozoso de Jesucristo Redentor único de todos los hombres y luz para todos los pueblos, a veces incómodo para muchos que pretenden construir el mundo al margen del único Nombre que se nos ha dado para la salvación de los hombres, defensor y campeón de la fe y buscador y profeta del esplendor de la verdad que nos hace libres y de la unidad que es don de Dios.

Al igual que toda la comunidad oraba cuando Pedro, testigo de la fe y de la verdad, estaba en la cárcel por proclamar el Nombre del que es la piedra angular de la Iglesia y del mundo, Cristo, así también ahora, con toda la Iglesia, nuestras Diócesis han de permanecer unidas en la oración por el Papa. Pido que en estos días y de manera especial, el día 29, se exhorte a todo el pueblo cristiano a esta oración y se eleven preces por el Santo Padre. Pido a los sacerdotes que aviven el amor al Papa en sus comunidades, que hablen de él y de su imprescindible ministerio. Hemos de sentirnos muy gozosos y agradecidos por el don de Pedro este Papa a la Iglesia y al mundo, y, al mismo tiempo, debemos estar muy cerca de él, ayudarle a llevar su carga, su cruz, y pedir a Dios que nos lo conserve para que lleve a su Iglesia. La Iglesia que está en Valencia celebra con gozo este Día del Papa y le ten estas tierras, transmite su amor y agradecimiento por todos sus desvelos en favor de la Iglesia y del mundo. Le recuerda entrañablemente de manera muy especial ante la imagen de Nuestra Señora. Ante Ella nosotros acudimos para implorar su auxilio y protección; le decimos: ¡Gracias, Santo Padre!¡ gracias por el aprecio y cariño que muestra es Iglesia que está en estas tierras y que tanto le quiere. ¡Estamos con Pedro y bajo Pedro siempre, Santo Padre, Sucesor de Pedro! ¡Estamos muy unidos a su persona y rezamos por usted!, «amigo fuerte de Dios» y defensor del hombre, de todo hombre y de su dignidad, peregrino de la paz y paladín de la vida, trabajador incansable en los duros trabajos del Evangelio y buen samaritano que se acerca con ternura y amor al hombre malherido y maltrecho de nuestro tiempo, testigo vivo, a veces incómodo para algunos, de que sólo Jesucristo tiene palabras de vida eterna, campeón de la fe y profeta de la verdad que libera. Al igual que toda la comunidad oraba cuando Pedro, testigo de la fe y de la verdad, estaba en la cárcel por proclamar el Nombre del que es la Piedra angular de la Iglesia y del mundo, Cristo, así también ahora toda la Iglesia hemos de permanecer unidos en la oración por el Papa. Hemos de estar muy cerca de él, ayudarle a llevar su carga, su cruz, y pedir a Dios que nos lo conserve para que lleve a su Iglesia siempre adelante. Avivemos sin cesar la comunión con él: esa es la garantía de permanecer en la Verdad, que es Jesucristo.

Antonio Cañizares Lloveraes cardenal y arzobispo emérito de Valencia.