Opinión

A Atenas se le acaba el tiempo

La Razón
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Pese a la agria gestualidad de los últimos días, la situación de Grecia no tiene por qué acabar en tragedia. Bastaría con que el nuevo Gobierno de Atenas aceptase aplazar el cumplimiento de su programa electoral de máximos para que Bruselas se aviniera a dulcificar las condiciones del pago de la deuda, por ejemplo, alargando plazos y reduciendo los compromisos sobre el equilibrio del déficit público. Aunque se haga muy difícil explicar este trato de favor a las opiniones públicas de aquellos países que, como España, han cumplido con sus responsabilidades en condiciones de mayor exigencia, lo cierto es que el Ejecutivo derrotado en las últimas elecciones helenas –el que presidía el conservador Antoni Samaras– había conseguido dejar a su país con superávit primario y con tasas de crecimiento del PIB superiores al 2 por ciento. Es decir, que Grecia vislumbraba ya la salida del largo túnel cuando las urnas entregaron democráticamente el poder a Syriza, coalición de izquierda populista que operaba sobre el descontento de una población muy castigada por las políticas de ajustes. Más aún, cuando la mayoría de los expertos financieros daba por cierta una renegociación del plan de rescate griego en sintonía con la nueva percepción de que las políticas de excesiva austeridad son perjudiciales para el crecimiento, percepción que se ha ido convirtiendo en verdad revelada a medida que les tocaba el turno de cumplir a Francia e Italia. Y, en este sentido, el actual Gobierno griego parecía que estaba jugando con habilidad la baza del daño estéril para todos, hasta que ha pretendido forzar la mano más allá de lo asumible por otros políticos europeos que, también, tienen que responder ante sus electores del destino que se da al dinero de los impuestos. Uno de ellos, el ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schauble, no ha tenido reparo en expresar lo que piensa buena parte de la opinión pública europea, advirtiendo a su colega heleno, Yanis Varufakis, de que «las promesas electorales a costa de terceros no son realistas», argumento elemental que, por supuesto, está detras de la acción preventiva del BCE de paralizar la barra libre de crédito a los bancos griegos. Atenas todavía tiene tiempo de conseguir una mejora sustancial de sus obligaciones de pago, en tanto los mercados internacionales permanezcan tranquilos porque dan por descontado que habrá acuerdo. Pero, a su vez, tiene que presentar un programa económico creíble, en el que no tiene cabida una nueva oleada de gasto público a costa del déficit. Pero no es un tiempo infinito. No debería pasar por alto el Gobierno populista griego que esos mismos mercados también empiezan a considerar que una Grecia fuera del euro no representaría un problema mayor para la estabilidad de la eurozona.