Opinión

Apuesta por la estabilidad

La Razón
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Las primeras elecciones municipales tras la restauración de la democracia en nuestro país se celebraron el 3 de abril de 1979. Las que tendrán lugar mañana son la décima convocatoria. En aquella ocasión se definió en gran medida el mapa político municipal, que es un espejo del nacional pero con una tendencia más acusada al voto de izquierdas, a las candidaturas locales incluso al uso indiscriminado del voto de castigo. A lo largo de los años, la predominancia de la izquierda en la política municipal dejó de ser hegemónica, incluso cayeron algunas ciudades consideradas inexpugnables y quedó claro que el centroderecha también podía gobernar en los míticos «cinturones rojos», que dejaran de ser un patrimonio exclusivo de socialistas y comunistas, cuyo pacto propició la exclusión de otras opciones y demostró que la realidad sociológica de España estaba cambiando y que ningún territorio era patrimonio de nadie. El PP pudo ponerse al frente de la mayoría de las grandes ciudades, como Madrid, Valencia, Valladolid o Sevilla, incluso en las ocho capitales andaluzas –a pesar de que el PSOE llevaba 30 años en el Gobierno–, sumando 34 de las 50 capitales de provincias, lo que puede interpretarse como que el electorado lo considera un partido central y que vertebra nuestro país desde el principio de la igualdad y la solidaridad interterritorial, y que viene a confirmar el dinamismo de sus políticas en las zonas urbanas. Las primeras elecciones autonómicas tuvieron lugar el 9 de marzo de 1980 (las de este domingo son la novena Legislatura, excepto en Asturias y Madrid, donde que son la décima). El mapa resultante es la consolidación del sistema autonómico y el papel clave del PP en este encaje, de manera que en la actualidad gobierna en 11 de las 17 comunidades, además de en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. A lo largo de la campaña electoral, Mariano Rajoy ha apelado a la estabilidad como el mayor valor que puede aportar el gobierno del PP en un momento en que España afronta la salida de la crisis. La irrupción de nuevas formaciones, como Ciudadanos y Podemos, que prometen la renovación de la política española y casi la jubilación forzosa de sus protagonistas principales, ha transmitido la idea de que estamos viviendo un periodo de cambio tras el cual nada volverá a ser igual. Más allá de los deseos, esta sensación sólo se sostiene sobre un radicalismo incongruente, pues el sistema democrático, aunque no es perfecto, sigue siendo, como advirtió Churchill, el menos malo de los sistemas políticos, por lo que convendría que los nuevos partidos evitasen el tono mesiánico y pisaran con los pies en la tierra. En este sentido, el voto al Partido Popular es la garantía de la estabilidad en un momento en el que España debe asumir nuevos retos.