Castigar la violencia en el fútbol

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Un agente de la Policía autónoma vasca muerto por un infarto fulminante en medio de la tensión y los enfrentamientos callejeros de Bilbao, un hincha ruso apuñalado por la espalda, otros cinco heridos leves, daños en el mobiliario urbano y, sobre todo, el espectáculo lamentable de dos grupos de energúmenos desatando una batalla campal en los momentos previos de un encuentro deportivo suponen hechos suficientemente graves para que las autoridades del deporte, fundamentalmente la UEFA, que es la asociación privada responsable de los torneos europeos de fútbol, tomen medidas enérgicas que impidan la repetición de tan lamentables sucesos. No es de recibo que un acto que, por su naturaleza, debería ser ejemplo de esfuerzo común, valores de tolerancia y juego limpio acabe en disturbios, que, si no fueron más graves, fue por la profesional intervención de cuerpo policial bregado en tales lides. Las responsabilidades por lo ocurrido no son ni generales ni etéreas. Al contrario, corresponden a personas con nombres y apellidos que, una vez más, han demostrado su incapacidad para prevenir y, en su caso, erradicar uno de los azotes que más daño causan al deporte de alta competición, pero cuyo pésimo ejemplo se extiende, incluso, a las categorías escolares, donde comienzan a menudear enfrentamientos y ataques cobardes a jugadores rivales, árbitros o simples espectadores. Quien conoce otras ligas fuera de España, en las que se ha vuelto peligroso acudir con un niño pequeño a los campos, saben perfectamente las consecuencias de la laxitud, ya sea por pura indolencia, ya por defender intereses económicos que no es necesario explicar. Lo ocurrido en Bilbao presenta, además, perfiles muy preocupantes de esa falta de diligencia de las autoridades deportivas europeas y, también, de las españolas. No basta, no ha bastado nunca, con declarar que un encuentro de fútbol es de «alto riesgo» si no se toman las medidas contundentes que disuadan a los extremistas. Desde jugar con las gradas vacías hasta la suspensión de los clubes que toleran la existencia de estos grupos de salvajes, amparados bajo los colores de sus equipos. Así se redujo, por ejemplo, la violencia en el fútbol inglés, cuyos representantes estuvieron expulsados de las competiciones europeas durante más de un lustro, y así se actuó contra varios equipos turcos. Porque no vale que las directivas se desentiendan de los ultras que actúan bajo la cobertura de una supuesta afición. Si el Real Madrid y el Barcelona consiguieron neutralizar a sus extremistas, el resto de los clubes también pueden. No se entiende que una facción como Herri Norte, radicales de extrema izquierda vasquista, con quienes se identifica el propio Arnaldo Otegi, y que han protagonizado frecuentes desórdenes públicos en enfrentamientos con los ultras del Real Zaragoza, el Lokomotiv, el Oporto o el Olympique de Marsella, sigan teniendo un espacio reservado en el campo de San Mamés. Lo mismo reza para los extremistas rusos del Spartak, cuyo mero repaso de sus antecedentes excede nuestro espacio, que no pueden excusarse en que fueron atacados primero, porque iban armados con todo tipo de objetos contundentes, amén de bengalas, todo ello específicamente prohibido por las disposiciones legales. Con el agravante de que, detrás de todo este asunto se encuentran representadas ideologías radicales de funesto recuerdo para la conciencia europea que deberían ser completamente erradicadas del deporte, donde buscan o han encontrado acomodo. Si el presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, como primer concernido no toma medidas rápidas y contundentes, con sanciones a los clubes implicados, habrá que reclamar a las autoridades nacionales, garantes del orden público.