El Rey pide «que nadie construya muros con los sentimientos»

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Ayer se hizo entrega, en el Teatro Campoamor de Oviedo, de los Premios Princesa de Asturias, que cumplen 35 años y han recorrido nuestra historia reciente como un reflejo de nuestras aspiraciones en las humanidades, la ciencia, las artes y la cooperación humanitaria. Éstos son los ejes que mueven a esta institución, en la que el actual Rey Felipe VI se ha empeñado de manera personal desde aquel lejano 1981 en que, con apenas 13 años, presidió la ceremonia. Esta edición es la primera que se celebra con el nombre de Princesa de Asturias, título que ostenta la heredera de la Corona, la Princesa Leonor. Si, como decíamos, estos premios han sido un termómetro de las aspiraciones de una sociedad que quiere un mundo en el que, como señaló Don Felipe, «la vida digna para todos y la solidaridad sean la norma», no deberíamos olvidar que España vive y es partícipe de los problemas del mundo actual. Hablar, como hizo ayer el Rey en un discurso intenso, de que es necesario que el impulso y la fuerza para superarnos «sean auténticos motores de progreso y civilización» no es sólo un deseo, sino una necesidad. Europa vive momentos convulsos y con problemas de difícil solución, como son las migraciones de ciudadanos sirios que huyen de la guerra. Lo queramos o no, nuestro país está inmerso en los problemas del mundo, y de Europa de manera especial, por lo que será necesario conquistar un marco donde se desarrolle un «espíritu de concordia entre culturas». Sería, por lo tanto, un retroceso para nuestro país buscar lo que nos separa, cuando el mundo reclama, en medio de guerras terribles, buscar puntos de acuerdo. En este sentido, Felipe VI pidió que reflexionemos y «valoremos con sinceridad y honestidad» lo que nos une a los españoles y lo que hemos construido juntos. «Alejemos lo que nos separa y nos debilita y apartémonos, especialmente, de todo lo que pretende señalar, diferenciar o rechazar al otro», dijo. La referencia al contexto político abierto por el desafío secesionista planteado por el nacionalismo catalán quedó patente pero, como ha sido la norma hasta ahora en sus intervenciones en esta materia, buscando puntos de concordia y respeto mutuo, aunque dejando claro que en una sociedad democrática como la nuestra el límite de cualquier aventura política es la Ley. «La defensa de la legalidad y de los principios constitucionales es la garantía de los derechos y las libertades de todos los ciudadanos», apuntó en su discurso. Por lo tanto, es a través del respeto a las normas de convivencia democrática como se puede construir una sociedad integrada, donde no se enaltezca la diferencia como un valor político que legitime el enfrentamiento o el privilegio. La división de un territorio es algo más que una quimera política llena de buenas intenciones: es una fractura entre personas difícil de volver a coser. «Cuando se levantan muros emocionales –o se promueven divisiones– algo muy profundo se quiebra en nosotros mismos, en nuestro propio ser, en nuestros corazones. Que nadie construya muros con los sentimientos», añadió Don Felipe. El Rey reclamó una nación unida dentro de una Europa fuerte y cohesionada, una nación de raíces milenarias capaz de construir un futuro de concordia y progreso. Conviene retener las palabras de Jovellanos que citó, a propósito del Premio Princesa de Asturias de Humanidades y Comunicación, el filósofo Emilio Lledó: «Lo que importa es perfeccionar la educación y mejorar la instrucción pública. Una nación nada necesita sino el derecho a juntarse y hablar».