El separatismo contamina hasta la gestión de una tragedia

Carles Puigdemont afirmó que los atentados yihadistas no afectarían en absoluto a la hoja de ruta del proceso independentista. Apuntó a continuación que era «miserable» mezclar el referéndum ilegal con la matanza de inocentes. El presidente de la Generalitat debió aplicarse a sí mismo la segunda parte de su aseveración. Él fue el primero en contaminar el escenario de la ciudad y el estado y el ánimo de una ciudadanía golpeados con saña inmisericorde por el fanatismo y el odio criminal. Tenía la obligación de calibrar sus palabras, de medir sus pronunciamientos, de no trampear con las emociones en instantes tan críticos en los que los responsables públicos estaban más obligados que nunca a dirigirse con la honradez y la hombría de bien que cabría esperar. El primero, hemos dicho, fue Puigdemont, pero no fue el único de los miembros del separatismo en calar sus mensajes disgregadores, en clavar sus cuñas separadoras en los mensajes durante la gestión de la tragedia. Hay una secuencia de palabras y de hechos de los responsables separatistas en estas horas que sólo pueden responder a una estrategia, a una específica voluntad de las autoridades catalanas de aprovechar la coyuntura para que el mundo entendiera de una vez que Cataluña no es España. Un gesto tras otro hasta consolidar un discurso particularista hacia el exterior que rezuma alevosidad. Desplantes como el del consejero catalán de Interior, Joaquín Forn, al separar entre víctimas del atentado catalanas y españolas, el del secretario general de la diplomacia catalana, Albert Royo, indignado en las redes con el hecho de que los medios internacionales se refirieran a los mossos como Policía española y no catalana o el de la Asamblea Nacional Catalana al reclamar que no se utilizara la bandera española para mostrar solidaridad por los atentados de Barcelona y Cambrils. En ese contexto de marcar distancias, de sabotear la unidad en el peor momento posible, hay que encajar que, minutos después de que el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, dijera ayer que la célula responsable de los atentados estaba desarticulada, al consejero Forn le faltara tiempo para desmentirle y recordar que «esta es una investigación que se está llevando a cabo desde los Mossos d’Esquadra», algo que refrendó el portavoz de la nueva cúpula de la Policía autonómica, que se permitió afear también las palabras del titular de Interior. Hubo, por supuesto, deslealtad institucional y una falta de respeto realmente insólita en quienes han demostrado a sus jefes que su grado de implicación con el independentismo está por encima de cualquier otro deber. La purga promovida por Puigdemont en Interior y en los Mossos con la vista puesta en el referéndum ilegal parece haber cumplido con sus propósitos de priorizar el fanatismo segregacionista. Creemos con sinceridad que no cabe mayor mezquindad que la demostrada por estos responsables que olvidaron por completo cuáles eran sus obligaciones como servidores públicos y que pervirtieron sus funciones hasta conducirlas al descrédito. Obviamente, no generalizamos. Los irresponsables tienen nombres y apellidos. Que en medio de semejante barbarie tuvieran tiempo de preocuparse por sus batallas particulares es una desgracia y debería ser suficiente para que defendieran su causa fuera de un cargo en el que representan y sirven a todos los ciudadanos de Cataluña. Quienes se preocuparon más de las banderas y de los apellidos, de incidir en que Cataluña no es España, antes que en esas 14 personas asesinadas y en las 130 heridas que peleaban por sus vidas demostraron que la miseria política, además de la estupidez, aparece de las formas más diversas. España se volcó con una parte medular de sí misma, con los compatriotas golpeados. Hubo solidaridad, cariño y cercanía. Lo contrario de lo que la ruindad moral de unos pocos, que alientan la fractura, la diferencia, la etnia y la supremacía de lo particular, representa.