Opinión

Iglesias pide un lugar para no hundirse

La Razón
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La ronda de entrevistas que Pedro Sánchez ha mantenido con Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias ha confirmado lo que el presidente en funciones ya sabía, incluso antes de conocerse los resultados del 28-A: gobernará con el apoyo de Unidas Podemos y la colaboración de independentistas catalanes y vascos cuando sea necesario. Previamente, ha querido cumplir con una liturgia con la que quedara visualizado el nuevo bipartidismo doble y su autonomía respecto de los secesionistas, dando por zanjado el traumática etapa que le llevó a La Moncloa. Iglesias, su socio principal, le ha puesto las condiciones, ya reiteradas, de entrar en un gobierno de coalición, una ilusión que no coincide con los resultados obtenidos por el populista –y aquí personalizar no es culto al líder–, quien ha acabado haciendo el partido que quería y le convenía, hasta sufrir un severo castigo. Con una pérdida de 29 escaños, el antiguo Podemos ya no es la fuerza decisiva, la que estaba a un paso de superar a los socialistas. Sánchez lo sabe; Iglesias, también. Así que se tendrá que conformar con otra fórmula para «ayudar a caminar», según su propia épica expresión, al futuro Gobierno, con alguna responsabilidad en algún ámbito concreto que le ayude a levantar la cabeza ante los suyos, incluso los suyos que ya se han ido (Errejón). UP es el socio de Sánchez, el que ha cultivado, la palanca necesaria para llegar a La Moncloa a través de la moción de censura y el que le ha permitido hablar de mayoría de izquierdas con la que piensa afrontar los cuatro años de la próxima legislatura. Así que resumir el contenido de la reunión de dos horas de duración de los dos líderes del bloque de izquierda en «nos hemos puestos de acuerdo en ponernos de acuerdo» sólo quiere decir que en algo deberá compensar Sánchez a Iglesias por su apoyo. Nadie se cree que UP no vote a favor del candidato socialista en la investidura. Por lo tanto, parece normal que sea el propio Sánchez quien le ponga las condiciones a Iglesias, y no al revés. Pablo Casado le ofreció un pacto sobre los asuntos que afectan a Cataluña; por su parte, Rivera también está dispuesto a suscribir acuerdos de Estado. Pero lo que no tiene sentido –además de desnaturalizar y romper cualquier lógica parlamentaria– es pensar que las formaciones que representan el centroderecha deban sacrificar su labor de oposición para asegurar la investidura de Sánchez, ni aunque sea con los independentistas. Ésta es una responsabilidad del candidato socialista porque fue con estos partidos con los que llegó al Gobierno, con los que abrió negociaciones –o diálogo– y liquidó el bloque constitucionalista. Como líder del partido que ha ganado las elecciones, Sánchez tiene la obligación de formar Gobierno, si así recibe el encargo, y hacerlo con los apoyos que sea capaz de conseguir. Pablo Iglesias tiene la necesidad de demostrar que es útil, que su caída, en el fondo, es un sacrificio. Pero hay factores que UP no debe minusvalorar. Puede que para Iglesias no tenga importancia que la Comisión Europea haya revisado dos décimas al alza su previsión de déficit público para España en 2019 hasta el 2,3 % del PIB, tres décimas más de lo que proyecta el Gobierno. O que piense que el plan recaudatorio de 12.000 millones de euros que planea Sánchez sería la solución para el ambicioso plan social de Iglesias. Más extraño resulta que el líder de Podemos pidiera «discreción» en su comparecencia ante los medios. Puede que sólo sea un recurso retórico para enfatizar el contenido de unas negociaciones que en lo sustancial sólo está en juego la visualización de Podemos en la próxima legislatura. Iglesias le está pidiendo a Sánchez un lugar bajo el sol de La Moncloa que le permita remontar. Con discreción.