La Turquía de Erdogan se aleja de la democracia

La Razón
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La victoria del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en el plebiscito celebrado ayer no supone un giro de 180 grados sino, más bien, la confirmación y el avance de una deriva autoritaria que comenzó hace mucho tiempo. Erdogan ha logrado que el pueblo refrende su ejercicio antidemocrático del poder, tal y como ha quedado patente en las macropurgas ordenadas en todos los estamentos civiles y militares tras el fallido golpe de hace casi un año. A partir de 2019, desaparecerá la figura del primer ministro y el presidente podrá gobernar mediante decreto e ignorar olímpicamente al Parlamento, además de controlar ciertos órganos judiciales. Es cierto que con esta reforma se elimina el problema de ingobernabilidad que ha sufrido el país en muchas ocasiones por lo atomizado de su política, pero es igualmente innegable que la democracia se resiente peligrosamente. Pero no solo serán los turcos los que sufran los efectos de un referéndum cuyo estrechísimo resultado deja en evidencia la honda fractura de la sociedad turca. También Europa, Oriente Medio, EE UU y alianzas estratégicas como la OTAN, a la que pertenece Ankara, pagarán las consecuencias. Porque, no nos engañemos, el triunfo de Erdogan significa pena de muerte, más Islam y menos laicismo, más Rusia y menos UE y, en definitiva, una involución en el ejercicio de las libertades que hacen del día de ayer una jornada negra para la Turquía de Atatürk.