La unidad fue un espejismo

Barcelona salió ayer a la calle, y con ella, muchas ciudades españolas que quisieron acompañarla en su protesta contra el terrorismo yihadista y en defensa de la democracia. Fue una manifestación masiva, que se recordará, tanto por el significado que tiene para los barceloneses aquella tarde del 17 de agosto, como por la fragilidad de la unidad política e institucional. Hubo emoción; pero también mucha tensión. Tensión política como plasmación del desafío soberanista y el uso político descarnado que la Generalitat, con su presidente a la cabeza, ha hecho de esta tragedia. Las declaraciones de Carles Puigdemont la víspera de la marcha culpando al Gobierno español de desatender la seguridad de Cataluña ha dolido y ha dejado abierta en canal la unidad que tanto se ha buscado y que ha quedado rota, precisamente, tras un brutal atentado. Ni ese límite ha sido respetado por el soberanismo.

La asistencia del Rey a la manifestación marcó los primeros compases y se cumplió el guión escrito por las organizaciones independentistas, tan cultivadas desde la Generalitat: silbidos, abucheos y demostración de esteladas, el estandarte de los separatistas, hoy una bandera casi oficial impuesta a ciudadanía. Un gesto de enemistad de una minoría muy trabajado por la agitación soberanista, que dispuso, extrañamente, de la cabeza de la manifestación para su demostración. Un comportamiento que contrasta con el respeto del resto de la manifestación. La decisión de Don Felipe de asistir a la marcha encierra un mensaje claro: como Jefe de Estado debe preservar la unidad institucional en un momento en el que el país ha sido golpeado en Cataluña, un territorio que se aboca bajo la dirección de una Generalitat desleal a la ruptura con el resto de España. Por otra parte, la presencia del Rey mantuvo la dignidad del Estado, el respeto a las víctimas, la seriedad y el duelo. El Gobierno, encabezado por Mariano Rajoy, también fue recibido con gritos de todo tipo y con ese mensaje hiperbólico de culparle de vender armas a los estados musulmanes típico de una izquierda extremista acostumbrada a participar en todo tipo de protesta, también en ésta, y de contemporizar los atentados en función de sus vínculos ideológicos.

No fue una manifestación que respirase unidad, ni siquiera la rabia y contención que requiere un acto de esta importancia y solemnidad. La respuesta fue masiva, pero el mensaje pecó de difuso, sin compromiso verdadero en la lucha contra el yihadismo y, en algunos momentos, ruidosamente frívolo. Lo importante fue que los barceloneses salieron a la calle con civismo, lo que en parte formó el grueso de la manifestación, con una emocionante implicación de ciudadanos sencillos –como el Gremio de Floristas que repartió 70.000 rosas– ofreciendo su solidaridad sincera. Es otra Barcelona callada que no suele hablar alto.

Ha sido una semana larga, donde no ha habido tregua política y en la que la agenda soberanista ha impuesto su lenguaje, dejando al Gobierno de la nación la responsabilidad y la sensatez. Muchos de estos manifestantes se preguntaron si el plan independentista se detendría. La realidad se ha impuesto con rotundidad. No pasaron ni veinticuatro horas de los atentados de Barcelona y Cambrils para que Puigdemont anunciase que nada iba a cambiar en el plan de separar a Cataluña del resto de España. Pese al esfuerzo de coordinación entre los Mossos d’Esquadra, Guardia Civil y Policía Nacional, los dirigentes de la Generalitat han trabajado hasta el ridículo para romper la unidad y utilizar el atentado para demostrar «urbi et orbi», y con los métodos propagandísticos más manipuladores, que Cataluña estaba respondiendo como un nuevo Estado. Rajoy ha evitado con buen criterio y responsabilidad institucional entrar en estas burdas provocaciones y ha puesto por delante el interés colectivo de frenar los ataques yihadistas a las pretensiones de Puigdemont de convertir un atentado terrorista en un nuevo capítulo del «proceso».

Ahora sabemos que el único interés del independentismo era repudiar la unidad que se les estaba ofreciendo y la solidaridad de la sociedad española. Su único objetivo sigue siendo romper España y ello está por encima de la unidad necesaria para derrotar al terrorismo yihadista. Lo que vimos ayer es un ejemplo triste, pero muy revelador, de cómo se divide a un país a través de propiciar el repudio al Jefe del Estado y al Gobierno. El «proceso» independentista ha sido una buena escuela: desde la Generalitat –es decir, desde el propio Estado, y a cargo del dinero público–, se ha fracturado a la sociedad catalana sin apenas dejar margen para la disidencia y ni siquiera el matiz. Ayer pudimos ver dos manifestaciones: la que defendía la unidad frente al yihadismo, mayoritaria y digna, y otra minoritaria que sólo tenía un único enemigo: ir contra la democracia española. El mensaje fue claro: no hay más objetivo que la independencia.

La unidad ha durado poco, demasiado poco si nos guiamos por las expectativas de la ciudadanía. Como quería Puigdemont, hay que volver a la normalidad, que, en el caso de Cataluña, es la anormalidad de minar el Estado de Derecho. El atentado fue un accidente que pasará; la independencia está dictada por la voluntad del pueblo. Barcelona, Cambrils y toda Cataluña se merecen vivir en paz y concordia.