Mensaje de reconciliación en el viaje más peligroso de Francisco

El periplo africano que ayer emprendió Su Santidad, que le llevará a visitar Kenia, Uganda y la República Centroafricana, tiene, además de su evidente vertiente pastoral, por tratarse de tres países donde ha arraigado con fuerza el cristianismo, una dimensión estratégica y política que no es posible obviar. No en vano, la región está sufriendo los embates del extremismo islamista, que busca desde hace décadas su expansión por África oriental, y que está provocando una grave fractura civil y religiosa en unas sociedades tradicionalmente minadas por la desigualdad y los prejuicios étnicos. A nadie se le escapan los riesgos que corre el Papa en este viaje, por más que el propio Francisco haya querido restar importancia al peligro. No sólo por la creciente actividad de los yihadistas somalíes en el interior de Kenia, donde han llegado a cometer graves atentados en la misma capital del país, Nairobi, ni porque una de las etapas transcurra en la República Centroafricana –que se encuentra en una guerra civil latente por motivos religiosos–, sino porque incluso en la estable Uganda actúan grupos terroristas sanguinarios –en este caso ligados al integrismo mesiánico de Josep Kony– que no dudarían en atentar contra el Papa a la menor oportunidad y que han llevado a adoptar unas medidas de seguridad extraordinarias, en las que el destacamento español desplegado en centroáfrica va a jugar un papel esencial. Pero si bien el peligro existe, nunca había sido más oportuna y necesaria la presencia del Pontífice entre unos fieles que se ven acosados y, al mismo tiempo, tentados por la violencia sectaria y que necesitan saberse parte querida de la Iglesia universal. De ahí que no sea posible entender el mensaje del Papa en toda su intención sin tener en cuenta el actual clima de enfrentamiento entre cristianos y musulmanes, cuyo peor episodio, por la extensión de los daños y la crueldad exhibida, se ha dado en la República Centroafricana, escenario de una brutal represalia de la comunidad cristiana que ha llevado al éxodo a miles de musulmanes. Francisco, como mensajero de paz y de reconciliación, ha programado un encuentro especial con los fieles musulmanes en una mezquita de la capital, Bangui, que ha sido objeto de varios asaltos. Pero Su Santidad es, igualmente, consciente de que el integrismo islamista y la yihad, que preconizan movimientos terroristas como Dáesh, Al Shabab o Boko Haram avanzan, en muchos casos, a caballo de las desigualdades sociales y la corrupción institucional y económica, que es un mal endémico en la mayoría de los estados africanos. Así, ayer, tras una referencia a la necesidad de defender el medio ambiente y el tesoro que representan para la humanidad la diversidad y la riqueza natural del continente africano, Francisco, en su primer discurso del viaje, exhortó al Gobierno keniata –empeñado en una guerra sin cuartel contra los islamistas somalíes dentro y fuera de su territorio– a mantener los principios y valores sobre los que se sostienen las sociedades libres y reclamando a las autoridades que acudieron a recibirle la responsabilidad principal en la tarea de construir un orden democrático sólido, de fortalecer la cohesión y la integración, la tolerancia y el respeto por los demás. Una vez más, el Papa Francisco, como la Iglesia católica, nada a contracorriente con un mensaje de paz y reconciliación en un mundo que se declara en guerra.