Ningún voto puede quedarse en casa

Si bien algunos analistas políticos señalaron la alta probabilidad de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hubiera elegido la fecha del 28 de abril, justo después de las festividades de Semana Santa y con la mayoría de las comunidades autónomas sin actividades escolares, para desmovilizar el voto del centroderecha y compensar así la alta abstención socialista que preveían las encuestas, lo cierto es que esos mismos sondeos revelan que, con similar índice de participación al de las últimas elecciones generales, la suma de PP, Ciudadanos y VOX podría llegar a 12,2 millones de votantes, es decir, un millón más de los que obtuvieron en 2016, consiguiendo un máximo histórico. Por el contrario, el PSOE y Unidas Podemos no llegarían a los diez millones, tanto por la caída de intención de voto del partido que lidera Pablo Iglesias, que no parece encontrar su suelo, como porque la bolsa abstencionista de los socialistas se mantiene en niveles anormalmente altos. Como ya ocurrió en Andalucía, donde la candidata del PSA, Susana Díaz, vio como se quedaban en sus casas casi 700.000 antiguos votantes, todo indica que la irrupción de VOX puede atraer de nuevo a las urnas a un sector de la población que no encontraba una referencia política adecuada para participar, un fenómeno que no sólo no es nuevo entre la derecha más conservadora, sino que se presenta mucho más acusado en las elecciones autonómicas. Así las cosas, y aunque las encuestas mantienen que el PSOE será el partido más votado, pero sin los apoyos suficientes para seguir en La Moncloa, Pedro Sánchez va a centrar su campaña electoral en la lucha contra la abstención, con una estrategia basada en agitar el espantajo del miedo a la derecha, la manida propaganda del «doberman», pero tratando de no cortar todos los puentes con el partido de Albert Rivera, por si en la futura aritmética parlamentaria resultara insuficiente la suma con Podemos y tuviera que pactar con Ciudadanos. Porque la otra alternativa, volver a depender de los separatistas catalanes y de los proetarras de Bildu, es, precisamente, la que está desincentivando a muchos votantes socialistas, que rechazan de plano lo que representan esas formaciones. Que los decretos de los viernes electorales tuvieran que tener el apoyo de los proetarras, los mismos que llaman nazis a nuestros policías y guardias civiles, es el mejor ejemplo. Sin embargo, y pese a que la movilización de la derecha está en su mejor momento y la de la izquierda en los mismos niveles que en 2011, cuando la mayoría absoluta de Mariano Rajoy, lo cierto es que la fragmentación del voto que supone la concurrencia de tres partidos es un hándicap que sólo puede corregirse buscando la mayor participación posible, con unas campañas enérgicas que no teman movilizar al mismo tiempo al adversario. Mantener el bajo perfil que, sin duda, buscaba Sánchez al marcar la fecha de las elecciones sería un error mayúsculo. Ni Casado ni Rivera ni Abascal pueden caer en la fácil tentación de apostar a unos supuestos índices de abstención, por más que los análisis demoscópicos así lo consignen. España no puede permitirse entrar en un nuevo período de inestabilidad política, con un Gobierno socialista de Pedro Sánchez que dependa de unos partidos que buscan en la debilidad de la Nación la oportunidad de avanzar en sus fines. Es imprescindible, pues, que desde el centroderecha se llame a las urnas, despreciando esas tácticas oportunistas que pretenden diferenciar los votos en útiles e inútiles. Muy al contrario, todos son muy necesarios y aunque, sin duda, sería mejor la concentración en un solo partido, lo esencial es conseguir los escaños suficientes para que el PSOE, al menos el que representa Pedro Sánchez, no gobierne.