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PP, Cs y Vox: condenados a entenderse

Tiempo de lectura 4 min.

12 de junio de 2019. 00:23h

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11/6/2019

A lo largo del interminable ciclo electoral en el que está sumida la política española, se ha oído decir que existe una mayoría de izquierdas suficiente para gobernar. Ese fue el lema de la noche electoral. Sin embargo, no suman lo suficiente y deben recurrir a la abstención de otros partidos lejos de su orientación ideológica. Por otro lado, también se ha hablado con insistencia de que existía una mayoría de centroderecha, sobre todo en los días previos a las elecciones, aunque luego PP, Cs y Vox tengan serias dificultades para cerrar acuerdos que les permita acceder al gobierno del mayor número de instituciones, que es de lo que se trata. Lo que está claro es que no hay mayorías sobre el papel, ni siquiera la llamada «mayoría natural», sino que ésta se construye por el principio de necesidad de supervivencia y conservación del poder. El interés es mutuo y compartido, porque ni PP, ni Cs y ni mucho menos Vox pueden gobernar, al nivel que sea, sin el acuerdo entre cada uno de ellos. Por lo tanto, es fácil inferir que deben entenderse si quieren alcanzar sus objetivos y lo lógico es que su representación se ajuste a los votos obtenidos en las elecciones, pero también a la fuerza política de cada formación para imponer su criterio. Utilizar técnicas de negociación más propias de un casino no tiene ningún sentido y daña gravemente la sensibilidad de las formas democráticas: lanzar un farol para amedrentar a otro jugador sólo lleva, por lo menos en política, al autoengaño. Sobre todo si estás condenado a entenderte. En las negociaciones en la Asamblea de Madrid se está escenificando una perversión del reparto de puestos en la Mesa, paquete que luego se tendrá que completar a la hora de elegir la presidencia de la Comunidad, sin que entre en consideración algo tan elemental como que son poderes diferentes e independientes el uno del otro. Albert Rivera quiere mantener lejos de los asuntos de gobierno a Vox, pero, sin embargo, quiere su apoyo, siguiendo el modelo de Andalucía. Santiago Abascal, después de tres convocatorias electorales, se ha dado cuenta de que el valor de los votos de su partido no es el mismo que el de cualquier otro y que no puede ser apartado para que Cs cultive su perfil centrista, ahora ya muy desdibujado. Ahora bien, que Vox le ponga delante un preacuerdo sellado con el PP rompe la confianza que debería existir entre formaciones que, según han reiterado una y otra vez, están llamadas a entenderse mientras se necesiten. El socio preferencial de Rivera es Pablo Casado, así lo ha expresado, y en base a ello ha trazado toda su estrategia de negociación. Vox vuelve a aplicar la misma estrategia maximalista que le ha llevado en Andalucía a rechazar los primeros Presupuestos del gobierno de coalición formado por PP y Cs. El partido naranja lo ha dejado claro: ellos no estarán en gobierno alguno si Vox también está dentro. Por lo tanto, no hay más solución que Vox retire su preacuerdo y lo amplíe a la consideración de Cs y encontrar una fórmula para este encaje. Es muy precipitado –y algo de inexperiencia parlamentaria denota– presentar un documento ya cerrado a otro partido con el que aspira a sumar los votos. El partido de Abascal debería recapacitar sobre un hecho innegable –no es de recibo decir que «luego ya veremos si Ciudadanos quiere sumarse a ese acuerdo o no»–: ¿y si Cs no se suma? Sin Cs, el centroderecha –se supone que Isabel Díaz Ayuso al frente– no presidiría la Comunidad. El partido naranja ya prestó su apoyo al anterior gobierno popular y, bajo este punto de vista, es lógico que quiera ser considerado a su vez como partido para formar una coalición con el PP. No hay otra salida que ponerse de acuerdo y hacerlo sobre unas bases realistas, siguiendo el objetivo tantas veces expresados en campaña: si hay mayoría de centroderecha, el gobierno será de centroderecha.

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