Rajoy debe gobernar

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Ha sido una victoria inapelable, superando en 14 escaños el resultado del 20-D. Con 137 diputados se convierte en la principal fuerza en las Cortes, por lo que está habilitado para intentar formar gobierno. Mariano Rajoy refuerza su liderazgo y, sobre todo, ha calado su mensaje en la campaña, basado en que lo importante para España es buscar la estabilidad y abandonar el aventurismo político. El mérito del presidente del Gobierno en funciones es doble porque ha tenido que sortear una campaña en la que se ha convertido en el centro de los ataques de todos los partidos, incluso de jugadas nada limpias. Ha resistido, y lo ha hecho con la defensa de su labor de gobierno y la necesidad de continuar el trabajo hecho. El resultado del Brexit y la desastrosa salida del Reino Unido de la UE nos ha puesto el espejo delante: necesitamos dirigentes serios y Rajoy lo es. Sabe lo que quiere hacer y tiene un plan trazado para mantener la recuperación económica.

El segundo punto que hay que destacar es que el PSOE sigue siendo la segunda fuerza nacional. Pedro Sánchez tiene motivos para estar satisfecho, pero no debería esconder la realidad: los socialistas siguen bajando en una progresión alarmante, lo que augura un futuro nada tranquilizador. Es cierto que mantiene el porcentaje de votos de las anteriores elecciones y que ha aguantado el envite de Pablo Iglesias, pero es evidente que el fondo electoral socialista ha respondido. Tiene motivos para respirar aliviado después de que todos los sondeos pronosticaran el peor de los escenarios: ser adelantado por Unidos Podemos y ocupar la tercera posición, lo que hubiera sido un hecho inédito en la historia del PSOE. Perder la hegemonía de la izquierda y entregársela a Pablo Iglesias era una posibilidad devastadora. La estrategia del «sorpasso» ha fracasado y con ella se van las ilusiones de la formación morada de fraguar de la noche a la mañana una alternativa de izquierda radical enfrentada abiertamente con la UE. El plan de Iglesias de «asaltar los cielos» –es decir, de llegar al Gobierno sin ni siquiera haberse estrenado en la actividad parlamentaria– va a tener que esperar. Ha evidenciado que la operación de unirse a Izquierda Unida sólo ha servido para destrozar a la formación de Garzón, máximo responsable de haber aceptado una estrategia inspirada por un comunista ortodoxo y revanchista como Julio Anguita. Podemos ha pagado la soberbia de su líder, su desmedida ambición y el inmenso error de plantear las elecciones como un enfrentamiento entre dos bloques. España no es eso. El resultado es evidente: Unidos Podemos no ha sumado ni un solo escaño más respecto al 20-D. Es posible que el populismo izquierdista de Podemos haya tocado fondo.

A diferencia de los resultados de hace siete meses, ahora sabemos los tiempos y lo que hay que hacer para salir de la situación de bloqueo. En el debate central de esta campaña, todos los candidatos se comprometieron a que no habría unas terceras elecciones. Sabemos, además, que algunas de las fórmulas de pacto que se ensayaron entonces fracasaron porque eran inviables. Los 137 diputados conseguidos por el PP le permiten intentar formar gobierno y se abre la posibilidad de que los 32 escaños conseguidos por Ciudadanos trabajen a favor de un gobierno de Rajoy que asegure la estabilidad, cumplir con nuestros compromisos europeos y emprender nuevas reformas. Albert Rivera ha apostado a lo largo de la campaña por asegurar la gobernabilidad de España. Está en sus manos. Una mayor responsabilidad, si cabe, tiene Pedro Sánchez. Es necesario reclamar que el socialismo español actúe con responsabilidad: debe permitir que Mariano Rajoy forme gobierno. Es un partido debilitado, que ha desmontado el plan de Podemos de dejarlo en la marginalidad, pero sigue representando a más de cinco millones de españoles que apuestan por la estabilidad. Si repite la estrategia de querer gobernar con el apoyo de Podemos más la ayuda de los independentistas, el fracaso está asegurado. Ni tienen los votos suficientes, ni aseguraría un gobierno fuerte. Iglesias le negó entonces el apoyo escudándose en que había que apoyar el «derecho a decidir» y lo volverá a hacer. Si el PSOE no permite con su abstención que Rajoy gobierne, se abre el peor escenario de todos. Empecinarse en mantener una estrategia inviable, que ni suma votos ni aseguraría un Gobierno fuerte, es suicida. Sánchez ha conseguido salvarse del zarpazo de Iglesias, que no era otro que dejar al PSOE como una fuerza residual, pero con esto no asegura ni su liderazgo en el partido, ni sus opciones para llegar a La Moncloa. Si tras el 20-D no consiguió formar la mayoría, ahora, con menos escaños e igualmente mermadas las aspiraciones de Podemos, será prácticamente imposible. No hay que olvidar que todos los «ayuntamientos del cambio» impulsados por Iglesias y las confluencias han bajado. No han sido un ejemplo de gestión ni la fórmula de los socialistas de prestarle su apoyo ha funcionado. Sánchez debería tenerlo en cuenta. A partir de hoy los líderes que anteponen los intereses de España a los de los de su partido deben empezar a hablar. Los españoles se lo exigen y su obligación es responder de inmediato a esta expectativa. Hay que trabajar para que antes del 19 de julio, día en el que se constituyen las Cortes, exista un Gobierno.