Respeto a las reglas del juego

La Razón
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La celebración del Día de la Constitución debe ser una oportunidad para recordar y ponderar la época de mayor estabilidad y prosperidad de la historia de España. El cimiento de la Carta Magna ha sustentado años de progreso y bienestar en lo económico, lo político y lo social. El proyecto constitucional, que sumó un respaldo abrumador de la clase dirigente y de la ciudadanía, fue capaz de engarzar intereses diversos en pos de un bien común superior. No fue la cuadratura del círculo, pero en un país complejo y diverso como el nuestro, el consenso en torno a la ley de leyes marcó los límites del campo y de las reglas del juego democrático para las generaciones posteriores. Ahora que el principal partido de la oposición, junto a los grupos nacionalistas, ha convertido la reforma de la Constitución en el argumento principal de su discurso político, como si fuera el bálsamo de Fierabrás que sanará las heridas abiertas en la vieja piel de toro, hay que recordar que la propia Carta Magna, en su génesis, elaboración y desenlace, se dotó de la fórmula magistral para encauzar y superar tensiones, desacuerdos e incluso desafíos contra el escenario de concordia que nos dimos. Por supuesto, ninguna Constitución del mundo es inmutable. Tampoco la nuestra, que ha sufrido ya retoques sin mayores contratiempos. Pero lo que ahora se sugiere va más allá. Hablamos de una intervención casi estructural y ello entraña riesgos. Que pueda ser peor el remedio que la enfermedad no es una hipótesis disparatada cuando existe una ofensiva secesionista en el país dispuesta a fracturar la soberanía nacional en defensa de los intereses de unos pocos. En este sentido, cualquier proyecto de reforma constitucional debe atenerse a las reglas, a la experiencia y al sentido común. El presidente del Gobierno lo expresó ayer de forma adecuada en una conversación informal celebrada en el Congreso con motivo del acto del 35 aniversario de la Constitución: «No me cierro en banda a reformar la Carta Magna, pero hay que saber para qué y con quién contamos». En efecto, el objeto, el sentido y el grado de consenso, que, como mínimo, debería ser el mismo con que se sacó adelante el propio texto constitucional, son premisas ineludibles. Sin ellas, abrir el melón constitucional es una temeridad, que sólo puede favorecer a los enemigos de la convivencia. En este punto, hay que apelar a la responsabilidad del PSOE. Pérez Rubalcaba desveló ayer un «diálogo franco y a fondo» con el presidente sobre el asunto. Bien. Esas conversaciones deberían conducir a cierto grado de entendimiento sobre la necesidad de graduar un debate que no conduce a lado bueno alguno si se distorsiona o instrumentaliza al servicio de intereses de partido. La Constitución goza de una salud magnífica y es la mejor garantía de nuestros derechos y libertades, y de que nuestro futuro como nación se mantendrá a salvo de cualquier aventura temeraria de tanto aprendiz de brujo.