Sánchez: éste es mi programa; si no le gusta, tengo otro

La Razón
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Será difícil superar la caricatura de la política que ayer dibujó el secretario general del PSOE con su menú de ofertas a los partidos y coaliciones que compitieron en las pasadas elecciones generales bajo el paraguas de Podemos y, también, a Izquierda Unida-Unidad Popular, residuo testimonial de la vieja formación comunista. Un remedo de aquella parodia de Groucho Marx: «Éstos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». Sin embargo, el espectáculo del candidato socialista a una investidura para la que carece de los suficientes apoyos no podía alcanzar mayor absurdo que con este intento de activar las pulsiones ideológicas más primarias de las fuerzas políticas solicitadas, como un ilusionista que cree saber lo que gusta a cada miembro del público y se saca del sombrero, aquí, un ataque a la Iglesia; allí, un poco de presión fiscal y, más allá, una ley de cooficialidad de las lenguas. Con el agravante de que el resultado es la banalización de las propuestas de los partidos de la izquierda radical a los que reclama el apoyo, que se ven tratados como si padecieran de infantilismo ideológico, sin advertir que el proyecto de Pablo Iglesias bebe de las fuentes clásicas del marxismo-leninismo, muy lejos ya de los entusiasmos juveniles. Incluso la maniobra táctica de trocear en cuatro las propuestas de pactos, para que queden patentes la heterogeneidad de Podemos y las dificultades de una dirección realmente unitaria por parte de su líder, Pablo Iglesias, resulta fallida por demasiado evidente. Y lo mismo podríamos decir de la admonición final del candidato socialista, endosando a Podemos la responsabilidad del fracaso de su proyecto de gobierno progresista de izquierdas, sin más señuelo que la expulsión del Gobierno del Partido Popular y de su presidente, Mariano Rajoy. En otras circunstancias, la maniobra podría tener un alcance estratégico de cara a la hipotética repetición de las elecciones generales, pero no cuando el reto viene lanzado por el líder del PSOE, que ha conseguido los peores resultados de la historia de su partido, que ha firmado un acuerdo reglado con una formación, Ciudadanos, cuyos votantes se declaran mayoritariamente de centro-derecha y que sólo aventaja en 300.000 votos a quienes le disputan directamente la hegemonía en la izquierda española. No debe extrañar a nadie, por lo tanto, el rechazo general recibido por Pedro Sánchez, porque entre otras cuestiones que no deberían ser tomadas a la ligera, el núcleo de la discusión política se encuentra en la derogación de la reforma constitucional del artículo 135, sin la que es prácticamente imposible incrementar el gasto público hasta los niveles que demandan las promesas sociales de Podemos, y en celebración de los referendos de autodeterminación que exigen los socios nacionalistas de Pablo Iglesias, por más que se disimulen bajo la terminología del «derecho a decidir». La concesión de ambas demandas no está al alcance de Pedro Sánchez. La primera precisa de la colaboración del Partido Popular, y la segunda es la principal línea roja marcada por el Comité Federal del PSOE a su secretario general en las negociaciones con la izquierda. Comprendemos las dificultades de Pedro Sánchez a la hora de reunir los apoyos necesarios para su investidura. Pero son las mismas que existían cuando se decidió a aceptar el encargo de Su Majestad.