Viaje estratégico a Marruecos

La Razón
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Su Majestad el Rey acaba de realizar un intenso viaje de Estado a Marruecos, el primero desde su intervención quirúrgica, en el que se ha puesto de manifiesto la excelente y entrañable relación que mantiene desde hace más de tres décadas con la casa real alauí. El hecho de que la visita oficial se haya llevado a cabo en el mes del Ramadán, una de las festividades religiosas más señaladas del islam, implica una familiaridad con el anfitrión que contornea el rígido protocolo marroquí. Es preciso resaltar este hecho porque buena parte del éxito que hoy suponen las extraordinarias relaciones económicas y políticas entre España y Marruecos se debe al trabajo constante y sabio de Don Juan Carlos, en un ejemplo de diplomacia de largo alcance como hay pocos. Nunca han sido fáciles las relaciones con nuestro vecino del sur. Intereses encontrados y posiciones políticas opuestas en un asunto tan trascedente para ambos países como es el estatus del Sáhara Occidental, de innegable incidencia en las opiniones públicas respectivas, han llevado en demasiadas ocasiones al enfriamiento de las relaciones y a una política de «gestos» con una carga emocional añadida. En esos momentos, siempre se ha podido contar con la figura y la acción del Rey Don Juan Carlos para mantener las vías de diálogo. Para España, es fundamental conservar las buenas relaciones con Marruecos.Y viceversa, como es natural. No sólo desde un plano económico, lo que está plenamente conseguido y bien enfocado hacia el futuro, sino desde la coincidencia de objetivos estratégicos, políticos e internacionales. El reino alauí es un actor decisivo para el equilibrio del Magreb, que en estos momentos atraviesa un periodo de inestabilidad potencialmente muy grave. El resurgir de los movimientos islamistas, con su cortejo inevitable de grupos terroristas que apelan a la yihad, sólo puede ser contenido si los grandes países de la zona mantienen la fortaleza de sus instituciones, progresan en el establecimiento de instrumentos que garanticen las libertades individuales y los derechos humanos y, al mismo tiempo, logran un desarrollo económico y social que alcance de manera eficaz a la mayoría de la población. Marruecos, como cabeza de puente entre África y Europa, parte de una posición óptima y va por el buen camino. Y está en el interés de España colaborar en ese proceso de desarrollo, que no puede traer más que mutuos beneficios, aunque en el corto plazo suponga incorporar al mercado europeo a un competidor duro y difícil. Es desde esta perspectiva como hay que analizar el viaje de Su Majestad. Como un respaldo a la compleja apertura política marroquí, siempre sujeta a la amenaza del islam extremista, y como una apuesta de futuro en el progreso de los dos países.