Civilidad y hosquedades

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La muerte de la señora Rita Barberá, ex alcaldesa de Valencia y senadora del Reino tras haber sido un largo de tiempo sirviendo de blanco y deporte de dar en diana, porque previamente se la convirtió en símbolo de la corrupción y, por lo tanto, fue tratada como apestada, elegida como chivo emisario por el repentino ataque de la virtud de la honradez para el prójimo. Estos hechos han impresionado un poco o un mucho a casi todo el mundo y, según se dice, han traído como consecuencia el anuncio solemne, repetido y enfatizado hasta el «summum» durante algunos días, de la decisión de que en los ámbitos políticos y periodísticos había que ponerse a reflexionar sobre algo acerca de lo que parece que no se había caído en la cuenta, y ello es la eventual brutalidad a la que puede llegar nuestra vida política y la altanería y la despreocupación de algunos medios de comunicación, asistidos por una masa apasionada y víctima, ella misma, de los estereotipos que se construyen en torno a un tanto vaporoso concepto de la libertad de expresión en la Ley y en la praxis.

Una de las, incluso no deseadas, consecuencias de esta situación es que, siendo así las cosas, una ley que protege un derecho como el de libertad de expresión puede ser utilizada para conculcar derechos fundamentales o amparar de hecho, por la misma fuerza de las cosas, abusos calculados para que no resulten ilegales y estereotipos populares o del espíritu tiempo que no pueden darse en una democracia sin ponerla en peligro. Y pocas veces tienen los tribunales oportunidad de aclarar las cosas, pero en la situación que puede llegar a darse no podrá hablar un político con verdadera libertad, ni tampoco un juez decidir libremente, y mucho menos abrir la boca un simple ciudadano.

Pero éstas son cuestiones jurídico-políticas y a los juristas, legisladores y jueces corresponde responder a ellas, pero también es preciso considerar siquiera mínimamente que todos nosotros no debemos participar ni dejarnos imponer juicios demasiado expeditivos y sentimientos que puedan convertirnos en jauría o sean acogedores de un sentimiento de odio y de hablar por hablar. O estaremos en una sociedad irremediablemente totalitaria. Y en un rápido proceso, porque ya está perfectamente estudiado, en la psicología profunda, todo este asunto de las palabras gruesas, sucias y ensangrentadas, y el otro asunto de los insultos, y las construcciones calumniosas o de mentiras fundantes que ahora la pedantería encubridora de lo políticamente correcto llama «post-verdades». Y también sabemos que todo esto lleva a una víctima para salir de ese conflicto o, como ha mostrado René Girard, para echar sobre ella toda culpa, sacrificarla y poder proseguir ya tranquilos.

Una cuestión como la del insulto o palabras hirientes construyen también inevitablemente esa víctima, porque, como podemos comprobar, esas locuciones y palabras de insulto poseen una total eficacia para convertir en cosa en mineral, en basura, en un bicho inmundo, a todo ser humano que tocan, y así desconstruido le preparan, como en la tabla del matarife, para deshacerse de él.

De manera simbólica, habitualmente claro está, porque por sólo palabras no llega la sangre al río; aunque quizás solamente porque el río no está cerca. Y podemos recordar que, aunque el evangelio de San Mateo no tenga tanta autoridad como la televisión, parece que ya sabía algo acerca de que un insulto es como un homicidio, porque éste puede cumplirse en el corazón de quien insulta y poner en su entorno aristas y esquinamientos que tornen hoscos y broncos no sólo el discurrir de la realidad social y política con sus lógicas disidencias, sino el vivir de todos los días, que enseguida se torna incivilizado. Y algunas veces parece que hemos sido condenados a oscilar entre la banalidad de los mesianismos y el enfrentamiento sistemático. Y aunque solamente lo parezca y no sea así, esto no deja de ser intranquilizador. Y su cambio por la más exquisita civilidad es previa a las Constituciones e inseparable de ellas.