Genio y locura

Si echamos un vistazo a la historia del arte encontramos una verdadera superpoblación de locos egregios. Seres excéntricos, estrafalarios, autodestructivos, violentos, obsesivos, viciosos, incluso criminales, sin que esto haya menoscabado la valía de su obra

Ya desde la Grecia clásica, y a lo largo de los siglos, la relación entre genio y locura ha sido ampliamente debatida. Ambas condiciones han sido incluso consideradas por muchos como indisociables, y no sólo en el terreno de la creación artística, también en otras facetas del quehacer humano como puedan ser la ciencia, la religión, el pensamiento filosófico, la política o el arte de la guerra. Platón diferenciaba entre locura clínica y locura creativa, Séneca sostuvo que «jamás ha habido un gran talento sin un toque de locura», y Proust llegó a afirmar que «todo lo grande que hay en el mundo proviene de neuróticos. Solo ellos han fundado religiones y han creado nuestras obras maestras».

Bueno, yo no diría tanto, pues también ha habido genios perfectamente normales, aunque es cierto que si echamos un vistazo a la historia del arte encontramos una verdadera superpoblación de locos egregios. Seres excéntricos, estrafalarios, autodestructivos, violentos, obsesivos, viciosos, incluso criminales, sin que esto haya menoscabado la valía de su obra. Inteligencias con grandes dotes para la creación y claras deficiencias para otras cuestiones más ordinarias. En su interior parecen convivir tendencias contrapuestas: la agitación y la serenidad, la modestia y la soberbia, la misantropía y el afán de reconocimiento social, el egoísmo y la generosidad... En suma, el bien y el mal juntos y sin solución de continuidad.

Muchas de sus grandes obras germinan en ese extraño caldo de cultivo y la sociedad en general ha sabido perdonar y comprender sus desvíos. Digamos que la locura viste bien en el mundo del arte. Aunque, ciertamente, hay casos extremos que no tienen perdón, pues afectan, y de qué manera, a seres inocentes. Conductas que en ningún momento se verán justificadas por la calidad de sus creaciones. Recordaré el caso del genial pintor inglés Richard Dadd, que mató a su padre con un hacha, obedeciendo el dictado de una voz interior.

En mi etapa parisina, fue para mí una triste sorpresa descubrir que mentes muy preclaras, cultivadas y sensibles practicasen en secreto vicios de lo más reprobable. Algunos se me revelaron como acérrimos pederastas que vivían al acecho de pobres inocentes en los barrios y jardines más populares y frecuentados. Un gran amigo mío, una eminencia en su profesión, conocido, reconocido y premiado por el mundo entero, había dejado embarazada a una niña de trece años. Y me enteré por su propio hijo. Mi gran amigo, a la vez que un genio en su profesión, era una bestia desenfrenada. Esto me confundió muy seriamente, y fue como comprobar que en el conocimiento del hombre, el ángel y la bestia son complementarios.

En París, yo escribía en un cafetucho de Montparnasse, en una mesa vecina a la del gran escritor Adamov, al que yo admiraba por lo atinado y justo de sus afirmaciones sobre arte y política. Pero Adamov siempre se me aparecía con algún apósito sobre al rostro o con la cabeza vendada, como si se hubiera batido en grande con muy agresivos oponentes. Alguien me aclaró las razones de aquel aspecto lamentable del muy eminente dramaturgo. Y es que era un masoquista que pagaba a las prostitutas para que le pisaran el cuerpo con sus zapatos de tacón de aguja. Y así se presentaba en todas partes, hecho un colador. Grotesco y risible contraste con lo refinado de su pensamiento y escritura. Sentí piedad por él, a quien veía como un esclavo de sí mismo, de su viciosa inclinación al masoquismo. Admiración y piedad se daban al unísono en mi estimación del sujeto. También supe, por malas lenguas, que el actor James Dean se dejaba pisotear por las botazas de otros jóvenes homosexuales y sádicos. «Cosas suyas, allá ellos» –me decía.

Aún fue más grave descubrir que la persona que más había influido sobre mí y sobre mi concepto artístico fue también un pederasta, perdidamente enamorado de una niña de nueve años, a la que usaba como modelo. Me rogaba que estuviera presente en sus coloquios platónicos con ella, seguramente para así evitar caer en la tentación o para que nada lo denunciase y fuera su perdición, familiar y socialmente. Es decir, que me usaba de carabina sin que yo fuera consciente de ello. Yo trataba de quitarle fuego a aquel infierno, hablando de cosas banales, haciéndoles reír para evadirse un poco de sí mismos. Nunca tuve constancia de que aquel loco, aborrecible amor, llegara a consumarse; no obstante, la consideración en que tenía a mi amigo se vio seriamente resentida. No así en lo que respecta a su obra. O puede que también.