Historia

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La columna de Roma

Diocleciano y Constantino se ciñeron a un mismo tronco común y duplicado de reformas, confiaron cargos importantes a cristianos, aunque separaron los poderes civiles de los militares. Intentaron fortalecer los poderes locales, y Diocleciano duplicó el número de «provincias», agrupándolas en «diócesis»; por su parte, Constantino insistió en separar los poderes militares y civiles

La Razón
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El Imperio romano de Augusto, constituido tras la guerra civil, puso final a la República y dio paso al Imperio (27 a.C.-14 d.C.). Fue un prodigio de organización y de concentración de poder que no pudo evitar el desorden político, la falta de seguridad dinástica, la ambición de los generales, cada vez más graves e intensos, que culminaron en el abandono de las provincias más alejadas de Roma y la caótica crítica del siglo III. Sólo cabía ya reorganizar el Imperio, que fue lo que intentó Diocleciano (284-305) y continuó Constantino (306-377), éste como autócrata oriental, creando una considerable burocracia, dividiendo el ejército en dos sectores, uno formado por grupos de élite y otro de mayor movilidad, constituido por guarniciones militares.

Diocleciano y Constantino se ciñeron a un mismo tronco común y duplicado de reformas, confiaron cargos importantes a cristianos, aunque separaron los poderes civiles de los militares. Intentaron fortalecer los poderes locales, y Diocleciano duplicó el número de «provincias», agrupándolas en «diócesis»; por su parte, Constantino insistió en separar los poderes militares y civiles. En el 312 Constantino se convirtió al cristianismo y confió cargos importantes a cristianos. El culto pagano lo prohibió Teodosio I (378-395).

Las peleas familiares envenenaron la dinastía. En 363 los persas mataron a Juliano, emperador de breve reinado mientras aumentaban cada vez con mayor intensidad las presiones «bárbaras» en las fronteras. Los visigodos se habían federado al Imperio (376), pero se rebelaron contra los romanos y los derrotaron en la batalla de Adrianópolis (378), en la que murió el emperador Valente y decayó de modo abismal el prestigio militar de las legiones romanas. Los godos tuvieron tierras en condición de «federati», es decir, aliados militares. Con la muerte de Teodosio (395), comenzó una profunda decadencia que se inició con la división del Imperio entre los dos hijos, Honorio (Occidente) y Arcadio (Oriente), y la inmediata tensión entre ambas cortes imperiales con mayor poder económico, cultural, administrativo. Mientras el Imperio occidental se descentralizaba cada vez más, reflejándose en el desarrollo de culturas de inmigración, de modo particular en Hispania y el norte de África, soportando durante los siglos IV y V la presión de los germanos que en un formidable movimiento de pueblos germánicos convertidos al Cristianismo, constituyeron, con el rescoldo de la cultura romana, y el faro de la Cristiandad en Roma, una importante unidad que tomó el Reino de los francos como nuevo Imperio en que Carlomagno (800) reconstituye el Imperio, aunque no pudo evitar el feudalismo y la dispersión de los valores europeos.

El fenómeno de las inmigraciones se mantuvo largamente centrado en el Mediterráneo, las costas escandinavas y las penínsulas mediterráneas.

El término «agustinismo político» ha sido usado en teoría política medieval, lo que puede considerarse una serie entidad intelectual centrada en «La Ciudad de Dios» de San Agustín, que en realidad fue una aspiración del gobierno de Estado que algunos consideran un tratado político, aunque no puede asegurarse que fuese idea fundamental del obispo de Hipona. Sí que se trata de la conversión de la monarquía en entidad de derecho divino, si bien la subordinación del poder político al espiritual terminó en conflictiva situación. Después de la muerte de Carlomagno, la relación de poderes cambió profundamente. En los intentos de dignificación de la realeza por el máximo imperial, pero la idea de Roma era inherente al concepto de Imperio. Jugaban también elementos bíblicos y cristianos que no están tanto con Augusto como con Constantino, principios que nunca pudieron, por otra parte, cristalizar en realidades. En el Alto Medioevo la propagación de la fe y el esfuerzo por el mantenimiento de la ortodoxia dentro del «Imperio» carolingio se concentró en el apoyo a los focos misioneros en los territorios conquistados y en todas las oportunidades de expansión exterior. La vocación misionera y la fuerza evangelizadora de los monjes celtas y anglosajones en Alemania dejaron la huella de San Columbano y sus discípulos, como ocurre por ejemplo en Baviera, cuya cristianización tuvo lugar en el siglo VI y mantuvo misiones hasta el siglo VIII como Corbiniano, a quien se considera primer obispo de Freising, con otros misioneros, precursores de la gran figura del apostolado en Alemania, San Bonifacio.