Literatura

La noche que ardió Troya

Mi infancia es el libro II de la «Eneida», podríamos decir, parafraseando a Machado. Y, en efecto, la narración de la última y funesta noche de Troya presente en ese canto del gran poema de Virgilio ha sido, desde antiguo, ejercicio escolar predilecto para todos los que aprendimos en la juventud latín. Nos deleitábamos en las aulas con aquel discurso solemne de Eneas, que contiene el más famoso relato de la toma de esa ciudad, que es sin duda la caída que más impresionó en toda la historia, a excepción hecha quizá de las de Roma o Constantinopla, pertenecientes, por supuesto, a otro nivel narrativo e histórico. Pero, ¿quién no recuerda ese momento en el que todos se callan y el padre Eneas –pues el poeta recalca su figura piadosa de fundador de una nueva patria allende los mares– se dispone a evocar su dolor en pie ante sus compañeros? «Conticuere omnes intentique ora tenebant / inde toro pater Aeneas sic orsus ab alto», como reza el íncipit del canto.

El héroe troyano, símbolo del arquetipo mítico de aquel que guía a su pueblo hacia la tierra prometida para fundar una nueva comunidad política, había naufragado con los suyos ante las costas de Cartago. Al punto Eneas, romano antes de Roma, fue acogido hospitalariamente por la reina Dido y, ante sus preguntas, rememoró con gran dolor los sucesos de aquella infausta noche en la que ardió la sagrada ciudadela de Ilión. Esa es la última noche que pudieron disfrutar de su ciudad en libertad, antes de contemplar el horror que se precipitaba sobre ellos desde las entrañas del caballo embustero. Troya cayó y ardió, pese a las lúgubres y resonantes advertencias de Laocoonte («Equo ne credite, Teucri / Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes»), y se perdió un mundo, un mundo que ha alimentado sin cesar la imaginación de Occidente desde entonces.

El que ha sido desde siempre el relato clásico y favorito de todas las generaciones de lectores, estudiosos y estudiantes sobre la manera en la que la infortunada ciudadela de Troya cayó ante los astutos griegos vuelve ahora a la actualidad de la mejor manera, mediante una excelente traducción. Vicente Cristóbal, poeta y Catedrático de Filología Latina de la Universidad Complutense, ha asumido la tarea sin fin de traducir el clásico libro II de la «Eneida» con envidiable oficio literario y filológico. Estremece releer una vez más la pasión de Troya, el que Borges –en «El oro de los tigres» (1972)– consideró uno de «Los cuatro ciclos» de aquello que nos es dado narrar a los seres humanos: la destrucción de «una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. Los defensores saben que la ciudad será entregada al hierro y al fuego y que su batalla es inútil». Y además del fondo inolvidable del relato, tan humano como no hay otro, esta última versión fluye formalmente como pocas otras merced a los cuidados hexámetros castellanos de Cristóbal. El profesor se hace poeta o, viceversa, el poeta toma ropajes de profesor en esta gran simbiosis literaria que se presenta al lector curioso y melancólico, en formato bilingüe, latín-castellano, y precisamente bajo el sugestivo título de «La última noche de Troya» (Hiperión).

El libro II de la Eneida es el más independiente de todo el gran poema de Virgilio y constituye una unidad indiscutible ya desde el momento en el que el poeta lo leyó como primicia ante su patrono, Augusto, y un selecto grupo de amigos y familiares. Recordaría sin duda aquel cenáculo la sugerente evocación de Eneas entre los suyos, invitado por su anfitriona la reina Dido en un banquete de hospitalidad clásica, cuyo trasfondo romántico sería tan magistralmente recreado por la ópera barroca de Henry Purcell. La composición literaria del episodio es magistral y bebe de las fuentes homéricas en fondo y forma: no solo en la recreación del verso y ritmo, en los recursos y personajes, sino también en la composición retrospectiva, con un «flashback» modelado sin duda sobre el de Ulises en la «Odisea», cuando narra sus aventuras marinas antes del rey de los feacios como una épica dentro de la narración épica. Pero más imperecedera aun es la lección crepuscular de Troya, que siempre ha fascinado a Occidente como rememoración de la decadencia y caída de un mundo nuestro: Troya cayó, Roma cayó (la vieja y la nueva) y aun estamos alerta para que algunos bárbaros consabidos no vayan a expugnar nuestra vida y su forma. Por ello, Virgilio es siempre profeta del ciclo literario de vida y muerte que nos espera, desde la infancia al anochecer troyano, aguardando a nuestros dánaos y sus funestos regalos. Ojalá un Eneas nos lleve allende ese mar que a veces parece tan insondable.