Miguel Ángel

La Razón
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Desgraciadamente pronto se desvanecerán los ecos del recuerdo sobre tu asesinato, derivado de una rabiosa venganza. No podían consentir aquellos fanáticos de ETA que solo se hablase de la liberación de Ortega Lara tras uno más de los brillantes servicios de la Guardia Civil. Eras presa fácil: familia palentina afincada en Ermua; concejal de un partido nacional; sin escolta; actividad laboral conocida.

Se volverá a hablar de ti seguramente en 2022, cuando se cumplan veinticinco años o en 2027 cuando sean 30, como ha sucedido con la masacre de Hipercor. Y si de este asesinato de Barcelona supieron escudarse en un «nosotros avisamos, el que falló fue el Estado» y caló en ciertos medios, contigo no hubo la menor excusa. España saltó a la calle con un ¡basta ya!, perdiendo el miedo a unos fanáticos asesinos y a sus cómplices.

Y no será que en aquel julio de 1997 se hubiese bajado la guardia. ETA ya había asesinado aquel año a nueve personas, entre ellas el magistrado del Supremo Rafael Martínez Emperador.

Por demasiadas referencias conocí a esta gentuza y a quienes cobardemente les amparaban e incluso se beneficiaban de ellos. Lo sentí cuando asesinaron por venganza en Madrid al General Veguillas, director general de Política de Defensa por su decidida y eficaz gestión por extraditar etarras de tierras centroamericanas en 1992; viví con dolor la muerte de mis compañeros de la División de Operaciones del EMAD –Carretero, Baró, Juan Romero, Olivo, Calvo y Robles– junto a Fidel Dávila que ocupó mi propia mesa de trabajo cuando debí regresar a El Salvador. Lo fui sintiendo durante décadas cada vez que se repetía el cruel rito de la muerte en tantos guardias civiles, policías, magistrados, concejales, políticos o empresarios. Siempre reprobé la «amortización» de la plaza de General Gobernador de San Sebastián tras el asesinato de dos de ellos, Lorenzo González Vallés en septiembre de 1979 y Rafael Garrido Gil en octubre de 1986 y aplaudí la decisión de nuestra Armada por mantener su Comandancia de Marina en la ciudad vieja de la capital donostiarra, a pesar de la cadena de atentados que sufrieron.

Y si nos remitimos a nuestra historia reciente es imposible evaluar el coste de dolor y de inestabilidad causado por la banda. El asesinato del jefe de Gobierno Carrero Blanco retrasó indiscutiblemente la apertura del Régimen del general Franco; y en mi opinión no se hubiera producido un 23-F y toda la crisis que generó, si no hubiese sido por la trágica lista de asesinatos de 1980: nada menos que 98, de ellos 30 guardias civiles, 10 policías y 8 jefes del Ejército. ¡Está claro quienes eran los que pretendían desestabilizar! Y sin aprobar la conducta de Tejero, si comprendo el dolor que sentía cuando, obligado, despedía a sus guardias asesinados por la puerta trasera de sus cuarteles. Y a consecuencia de ETA el Estado se ensució las manos en consentidos modelos de guerra sucia-como fue el caso del GAL o recientemente en un chivatazo también consentido como fue el del bar Faisán. ETA rompió a la propia Iglesia vasca, en alguno de cuyos seminarios había bebido. Y no digamos de la Justicia, muchas de cuyas claves están aún por descifrar o siguen vivas en personajes de actualidad. La confrontación entre el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional tuvo su cénit el mismo año de tu sacrificio Miguel Ángel. En sentencia de 29 de noviembre de 1997, el Tribunal Supremo enviaba a prisión a los 23 integrantes de la Mesa Nacional de HB, muchos de los cuales justificaron tu asesinato. La crisis duraría hasta el verano de 1999 en que otra sentencia del Tribunal Constitucional – ¡previamente filtrada a «Gara»!– absolvía a los 22 miembros de la dirección de HB –Joan Idígoras había sido puesto en libertad anteriormente por razones de salud–. El ponente de aquella sentencia fue Carlos Viver, hoy al frente de otras aventuras judiciales en Cataluña. Carmen Gurruchaga e Isabel San Sebastián (1) refieren magistralmente y con todo detalle esta grave distorsión entre los dos altos tribunales, que incluyen cobardías, recelos y ambiciones personales y que cierran con el relato de un duro encuentro entre el Rey Juan Carlos y el propio Viver. La prueba del algodón de este cisma es clara: de 829 asesinatos, más de 300 están sin aclarar.

A día de hoy, querido Miguel Ángel, un 59% de los vascos reconoce que nunca se manifestó contra ETA (2). Y «Kubati», un asesino incluso de sus propios miembros, presume de que los presos «ni colaborarán ni se van a arrepentir de nada». Tristemente, encuentra eco en tu sociedad.

Podría continuar Miguel Ángel Blanco. Solo necesito reiterar mi enorme respeto a la persona que solo quiso servir a su pueblo y lo hizo a cara y pecho descubiertos. Un día España lo valoró. Prometemos no olvidarlo.

(1). «El árbol y las nueces». Grandes Temas. 2000.

(2). Euskobarómetro . UPV/EHIU.