Nuevo circo, nuevos leones

El arzobispo de Valencia y compañero de tribuna en este periódico, el cardenal Cañizares, sabe de esto. Sus palabras sobre la ideología de género le han lanzado a la arena de ese neocirco pagano y los neoleones mediáticos rugen a su alrededor

La Razón
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Creo que no yerro si sostengo que los perseguidores de la Iglesia han empleado siempre el arma de la mentira. Así han pretextado, por ejemplo, que los cristianos habían incendiado Roma, que envenenaban las fuentes o secuestraban niños. Echar mano de la mentira no es raro, al fin y al cabo ya se empleó en la primera agresión contra la Iglesia recién fundada: los fariseos lanzaron la especie de que Cristo no había resucitado, sino que sus discípulos habían robado su cuerpo, y esa mentira «se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» dicen los Evangelios. Se explica así que uno de los títulos de Satanás sea el de «padre de la mentira» y que el gran enemigo de la Iglesia, especialmente hoy, sea la ignorancia, terreno ideal para sembrar mentiras.

Otra nota que caracteriza al perseguidor es su empeño por expulsar al cristianismo de la vida pública, llámese social, política, cultural, científica, educativa, etc.; en definitiva el perseguidor se considera un dios, se atribuye el dominio sobre este mundo y sabe que en él no hay sitio para dos dioses: él y ese Dios que le disputa su poder. Tampoco en esto hay nada nuevo. El primero que vio que su espacio, su poder, su reino peligraba fue Herodes cuando supo que en Belén había nacido otro «rey» y actuó desde la lógica de todo perseguidor: acabar con su antagonista. Siempre la violencia. Es la historia de los mártires y de los genocidios de cristianos, ahora en Siria, Irán o Nigeria, antes en España o en Francia con La Vendée y en tantos otros sitios hasta remontarnos a la antigua Roma o antes, con el primer mártir, San Esteban.

En el mundo occidental de hoy, tan aparentemente tolerante, tan cobardón, tan políticamente correcto, con tanto pensamiento débil, líquido, con tanto relativismo: en definitiva, tan hipócrita él, hay también persecución, hay cristianos en la arena del nuevo circo global donde los destrozan esos nuevos leones que son los medios de comunicación de masas, las redes sociales. Es el martirio en forma de ostracismo, de apestamiento social cuando no se reciben las pedradas del insulto o la vejación. Los modos y técnicas cambiaran, pero la idea de persecución, de martirio no cambia. Habrá arrebatos soeces, actos de violencia de baja intensidad –asalto a capillas, agresiones verbales, carteles insultantes– pero la realidad es la misma.

El arzobispo de Valencia y compañero de tribuna en este periódico, el cardenal Cañizares, sabe de esto. Sus palabras sobre la ideología de género le han lanzado a la arena de ese neocirco pagano y los neoleones mediáticos rugen a su alrededor. Ha osado cuestionar esa nueva verdad global que es la ideología de género, ha cuestionado el nuevo orden global y la mentira como arma de persecución ha hecho acto de presencia atribuyéndole una actitud homófoba, es decir, que el bueno de Cañizares incita al odio. Y ha sido denunciado.

Según el nuevo orden los que piensan como él, y no lo ocultan, son delincuentes luego aquel que se signifique y discrepe de esa nueva verdad global como Cañizares será lapidado y se le querrá apartar de la vida social o llevado a los pretores o a un sanedrín que nos mande a la arena del neocirco. Esa homofobia es el nuevo título de imputación frente al disidente, lo mismo que en otros tiempos y lugares al discrepante con el orden establecido se le imputaba que ser enemigo del pueblo o de la revolución. Todo dictador tiene su excusa.

Herodes vive y sabe que en este mundo que él considera su reino cultural, filosófico, científico o moral, le ha nacido un antagonista que puede arrebarle su poder soberano, su cosmovisión del mundo, de la persona. Ante él no cabe acobardarse ni olvidar que, como decía Juan Pablo II, los nuevos mártires sufren el martirio de la coherencia; o peor aun, ignorar que Herodes no ha muerto y no perdona. Habrá que seguir con valentía y prudencia, que no es pusilanimidad ni cobardía sino hacer en cada momento lo procedente: prudencia fue huir a Egipto porque no era la hora del primer Herodes o reunirse en catacumbas para salvarse de los nerones de turno.