Luis Alejandre

Pan y vino

La Razón
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Jueves Santo, ecuador de la Semana, momento crucial en nuestra cultura religiosa, fecha inmediata a la del sacrificio de la Cruz, pero también próxima al anuncio de la Resurrección, de la nueva vida.

Conmemoramos hoy una Cena entre amigos discípulos, en la que el pan y el vino formarán parte importante del ritual. En algún concilio que ya hacía referencia a ellos como «productos de la tierra» algún cardenal añadió «y del trabajo del hombre». Debían ser tiempos contagiados por las revoluciones proletarias. Después –sería en otro concilio– «el pan nuestro de cada día» quedaría integrado en nuestra oración más repetida, relegando la referencia al vino a otros momentos. Entenderían aquellos cardenales que no era cuestión de estimular su consumo en un rezo. Demasiados problemas causaban sus excesos en algunas sacristías o en tabernas cercanas- o alejadas– de los lugares de culto. Recientes encuestas plasman el volumen de vino que bebemos los españoles. Entiendo que en esta evaluación entran turistas y visitantes, que por lo que observo no le hacen ascos a nuestros caldos. Es más: creo que nos ganan. Pero claro, leída esta encuesta en Holanda, llevan a un responsable europeísta a declarar «que los pueblos del sur nos gastamos las ayudas en vino y mujeres». Se ve que no sabe cómo se las gastan sus conciudadanos entre nosotros.

Desde la apacible calma de mi Menorca observo cómo se vive la Semana Santa. Estos días regresan familias y estudiantes, como si quisieran añadirse a los nuevos brotes con los que nace la primavera. Aeropuerto y puertos se convierten en zonas de abrazo, de reencuentro. A ellos se añaden los primeros cruceristas de la temporada, sobre los que a veces no llego a saber si contrataron Cozumel o Playa Bávaro y de pronto se encuentran en el puerto de Mahón, vista la vestimenta que lucen. Confundidos por el anticiclón, olvidan –creo– nuestro viejo refrán referido al cuarenta de Mayo.

Y al igual que en el resto de España, las procesiones llenan estas noches de luna llena. Hoy jueves, lo hará en silencio una antiquísima Cofradía de la Sangre de Cristo (La Sang) formada en 1772. Siempre me ha atraído la sencillez de nuestras procesiones –algunas datan del siglo XVII– un particular orden en su organización, incluso una tradicional impuntualidad. Mi alma de soldado exigiría puntualidad, orden, silencio. Pero quizás me equivocaría. Cierto desorden puede albergar también una bella carga de espiritualidad.

Las imágenes difundidas por todas las televisiones, nos hablan de una España en la que junto al descanso, las procesiones llenan tradiciones y espíritus. Cada pueblo, cada ciudad, lo hace con sus características propias, las que brotan de almas diferentes pero unidas en un mismo sentimiento religioso. Se exponen tallas irrepetibles. Se esmeran las presentaciones. A veces pienso que se quiere priorizar el espectáculo al recogimiento. Seguramente caben los dos, porque en el silencio de una madrugada muchas gentes rezan, recuerdan, sienten, valoran el sacrificio de Jesucristo. Muchos de ellos llenarán después con su trabajo, las plantillas de Cáritas o de los bancos de alimentos. Porque el espíritu de cofrade no termina para muchos el Domingo de Resurrección.

Aquí no tenemos tallas valiosas ni especiales joyas o vestidos y las cofradías siguen modelos principalmente de Mallorca, o de la Península.

Me gusta el nombre con que se denominan nuestros cofrades: «anar de sac» es decir ir vestidos con tela de saco, la más pobre. Creo es toda muestra de una comunidad religiosa, que sufrió frecuentes saqueos de piratas procedentes del Bósforo o del norte de África, que convivió practicamente durante un siglo con anglicanos y protestantes y que tampoco se libró de desamortizaciones, persecuciones y quema de iglesias y conventos.

En cierto sentido estoy más cerca de las sobrias tradiciones de nuestros abuelos, que a la riqueza ornamental de ahora. Pero siento que el espíritu es el mismo. Este domingo, coros populares cantarán por las calles de los ocho pueblos en que se distribuye la población de la Isla, el «deixem lo dol» (dejemos el duelo), una entrañable recopilación de los misterios del sacrificio de Cristo plasmada en una música muy pegadiza. Y mi pensamiento vuela emocionado a la Moskitia hondureña, allá por el cabo Gracias a Dios americano, en la que este mismo día unos cristianos moravos, no católicos por tanto, cantaban igual que nosotros la alegría de la Resurrección.

Hablamos del sacrificio que hoy sufren otros pueblos y muy especialmente minorías cristianas como los coptos. También sufren persecuciones y quemas de iglesias. Y otros muchos pueblos tienen dificultades por tener el «pan nuestro de cada día», porque las riquezas siguen estando mal distribuidas. Parece que el mensaje de Cristo no llega por igual a todos los seres de la tierra.

Día para pensar, previo al del dolor, pero próximo al de la alegría de la nueva vida.