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Por omisión

La Razón
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Cuando era pequeño y caía en mis manos un tebeo o un cuadernillo de pasatiempos, siempre buscaba aquellos que consistían en encontrar las diez diferencias entre dos dibujos que parecían idénticos a simple vista.

Quizá esté ahí el origen de mi tendencia a la observación y no tanto a encontrar diferencias, sino precisamente lo contrario, similitudes, una tendencia que me ha ayudado mucho en mi formación como economista.

A veces parece que varias personas son tan diferentes que no tienen nada en común, pero nada más lejos de la verdad. Así, por ejemplo, la Sra. Merkel, el Sr. Tsipras y el Sr. Iglesias Turrión son enormemente parecidos. En verdad, los tres provienen de partidos comunistas, cosa no tan habitual, y los tres se caracterizan por su facilidad para desprenderse de sus ideas y principios y cambiarlos por otros.

La Sra. Merkel ha terminado representando, con mano férrea, la posición más conservadora en Europa. El Sr. Iglesias está en un largo viaje intentando llegar a la socialdemocracia, tan denostada por él en otro tiempo y el Sr. Tsipras ha terminado haciendo lo que se había comprometido a no hacer.

La venta de los aeropuertos griegos es el símbolo de lo que está pasando en Europa. El nacionalismo alemán, como todos los nacionalismos, tiene vocación de imponerse y está sometiendo poco a poco al resto pensando únicamente en sus intereses.

Se trata de una nueva forma de dominación, la compra de catorce aeropuertos griegos por una importante compañía alemana es un capítulo más de lo que bien podría llamarse proceso de «anexión económica».

Durante mucho tiempo el nacionalismo alemán, debido a ese miedo histórico a vivir un proceso inflacionista, ha impedido una política monetaria expansiva del BCE. Esto supuso la espiral de crecimiento de la prima de riesgo, que tanto nos ahogó y la necesidad de acudir al mercado financiero privado en el que, por cierto, la banca alemana es protagonista.

Posteriormente se establece, inducido por Berlín, que la prioridad de todos los países endeudados debe ser pagar, fundamentalmente a los bancos alemanes, relegando aún segundo nivel de prioridad cuestiones esenciales como por ejemplo, la sanidad o las pensiones.

Para poder hacer frente al pago de la deuda los gobiernos deben tomar medidas, no solo de austeridad sino que también, en algunos casos, de venta de patrimonio público, como la venta de los aeropuertos impuesta a Grecia.

El escándalo moral se produce cuando el comprador, beneficiario de la desgracia de los griegos, es una empresa alemana. La actitud del nacionalismo alemán tendrá consecuencias graves, no sólo para el resto de Europa, sino también para Alemania y en un mundo global en el que las cosas suceden y cambian muy deprisa, antes de lo que la Sra. Merkel se imagina.

Pero también se ha puesto en evidencia la debilidad de nuevos protagonistas, como Syriza o Podemos. Da igual que pongamos el ejemplo de la privatización de los aeropuertos griegos, que fue paralizada con el compromiso de no ejecutarse, que las contradicciones del Gobierno de la ciudad de Madrid. La realidad vence cuando se enfrentan a los problemas reales, ante la gestión de la dificultad, que tiene alcance hasta la vida de las personas, se desploman ideológicamente y actúan contrariamente a lo que prometieron. Ése es el mayor inconveniente de prometer lo que no se puede cumplir.

La socialdemocracia es una idea fuerte que resiste el paso del tiempo porque puede ser contrastada desde el Gobierno y desde la oposición, porque entre la ideología que le da todo el poder a la banca y al capital financiero y la desaparición de la banca hay un espacio razonable de establecer el marco de distribución y equilibrio de poderes.

El problema griego va camino de convertirse en un icono de la injusticia. Cuando se constituyó la Unión Europea fue para abrir fronteras, no para que éstas fuesen más pequeñas y los nacionalismos se apoderasen de la convivencia entre los pueblos. Europa se construyó para eliminar desigualdades, dominaciones, injusticias y egoísmos. Era la Europa social como ideal político.

Ése es el discurso que nos hubiese gustado a muchos escuchar en el Parlamento el martes. Un día importante y desaprovechado para que la socialdemocracia hubiese brillado entre tanta niebla, una obligación insatisfecha de quien quiera ser faro de la única izquierda de gobierno posible. Desgraciadamente, no hubo discurso.